El año de la reconciliación

Cuando Basket Zaragoza nació en 2002, yo iba a clases de verano para aprobar el bachillerato de Ciencias de la Salud en la convocatoria de septiembre. Ahora escribo estas líneas desde Inglaterra, donde trabajo como traductor de inglés. Por el camino, aprobé la selectividad de Ciencias y me inscribí en Derecho. Lo dejé. Me apunté a Periodismo y me lo saqué yendo a septiembre sólo una vez. Trabajé de periodista. Emigré. Volví a Zaragoza. Trabajé en un Burger King. Lo dejé. Encontré un trabajo en el que pensaba jubilarme. Me volví a ir.

Con esto no solo quiero ilustrar el puto desastre que soy, sino el hecho de que a lo largo de mi vida han habido pocas constantes y todavía menos certezas. Prácticamente solo una: si al CAI Zaragoza -ahora Tecnyconta- se le daba la oportunidad, la iba a cagar. Con los rojillos, apostar a derrota en un partido a vida o muerte era siempre la opción más segura.

Así lo aprendí a lo largo de los años. Granada 2004, Murcia 2005, León 2006 y 2007, el triple de Javi Salgado y el fatídico partido contra Murcia en 2009, Besiktas en Huesca 2014, Gran Canaria por el Playoff en 2015, Estudiantes 2017… Y alguno más que me dejaré, claro. Incluso la única final que ha jugado el club, excluyendo Copas Príncipes, la Supercopa de 2008, se perdió por un punto. En ciclos positivos y negativos, con entrenadores de leyenda -¡eterno José Luis Abós!- o con auténticos mastuerzos, si el club se la jugaba a un partido, adiós muy buenas.

Sin embargo, al mismo tiempo que yo daba tumbos en lo personal y lo profesional, también lo hacía el club. El Basket Zaragoza del presente nada tiene que ver con el del pasado, porque la vida pasa para todos. De los Lakers de la LEB y el puto dinero de Plasencia a la entidad al borde de la quiebra económica del presente mucho ha cambiado, y no solo en la cuenta corriente.

Varias han sido las reencarnaciones vividas a lo largo de estos años en el plano identitario. Resumiendo mucho: club novel, pupas eterno, nuevo rico en ACB, redención desde la LEB, mejor club de baloncesto de España en 2013, entidad abrumada y, finalmente, equipo revelación de la Liga. Multitud de personalidades y momentos vitales diferentes que, muchas veces, nada tienen que ver unos con otros.

Sin embargo, por mucho que el club y yo hayamos podido cambiar en este tiempo, nuestra relación de confianza siempre ha estado dañada. A la hora de la verdad, yo siempre he preferido que no hubiese hora de la verdad. Que, a diferencia de mis días como estudiante de bachillerato de Ciencias de la Salud, los deberes estuviesen hechos antes de septiembre. Hasta ahora.

La temporada 2018/19 es la de la reconciliación definitiva. Muchos son los esquemas mentales rotos este curso por parte del equipo de Porfirio Fisac. La mayoría de ellos, sin una explicación sencilla al respecto. En el baloncesto moderno, todavía se puede ganar sin amenaza de tres. En el contexto económico actual, se puede luchar por jugar el Playoff con el tercer presupuesto más bajo de la categoría.

Al cierre de estas líneas, Manresa ha perdido en su derbi contra Joventut y se perfila como el rival más débil del pelotón que pugna por un sitio en la postemporada. Manresa; el club del infame 58-42. El equipo de la técnica a Jelovac en el más difícil todavía a la hora de perder un partido de baloncesto. Rival en LEB y ACB. Competidor directo por el título simbólico de conjunto sorpresa de la temporada. Manresa, el único de todos los equipos que pugnan por un sitio en la postemporada contra el que el Tecnyconta todavía debe de jugar y, por ello, mi elección predilecta.

Porque este año creo, quizá por primera vez. Desde luego, por primera vez desde 2013. Esta es la temporada en la que, en un partido apretado, no juego a defender. No. Pido la última posesión para dársela Stan Okoye. Actualmente, el equipo depende de sí mismo para lograr el sueño del Playoff y es una noticia sensacional. No porque Manresa no le pueda ganar, que en esta Liga loca cualquier resultado es posible, sino por la confianza que trasmite el grupo de locos irreductibles que ha montado Fisac a su alrededor. Zaragoza nunca se rinde ya no es un lema vacío. No con este Tecnyconta.

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Lo que cuenta es el final

El final anticlimático es complicado de digerir y rara vez funciona en el espectador. Por una predisposición natural, las personas están preparadas para una estructura aristotélica de tres actos en la que la presentación y nudo lleven a un desenlace satisfactorio y, en cierta medida, anticipable. Por ello, cuando el guión mata la gran apoteosis final, la sensación es extraña y difícil de digerir. En cierto modo, el espectador siente que se le ha robado la satisfacción final.

El final anticlimático no debe confundirse con el final trágico, pues puede ser feliz aunque generalmente se percibirá como agridulce. Tampoco se debe equivocar con un final mal escrito, aunque en la mayoría de las ocasiones un mal desenlace también rompa el clímax narrativo de la historia. Probablemente, el final anticlimático más famoso en la historia del cine sea el de ‘No es país para viejos’ (Joel & Ethan Coen, 2007). Otro final anticlimático muy famoso también es el del ‘Baloncesto Fuenlabrada – Tecnyconta Zaragoza’ (Porfirio Fisac, 2019).

Había un anuncio que decía que el baloncesto es el deporte de las emociones y era un buen eslogan. Tan ajustada fue la victoria del conjunto rojillo en Andorra como lo fue en el Fernando Martín. Sin embargo, una nos volvió locos de remate y la otra nos dejó con cara de ¿y ya está?

La culpa es del final, pues tan mal se jugó en uno como en otro campo. De hecho, en el sur de Madrid (o norte de Toledo si tienes amigos Dementes) se vio mucho mejor baloncesto. El primer cuarto del Tecnyconta en Fuenlabrada fue apoteósico. Defensa agresiva en las líneas de pase, circulación de balón en ataque, un acierto inhumano en el aro contrario… Nombra tu estilo de baloncesto favorito que éste fue practicado por los de Fisac en aquellos gloriosos primeros diez minutos. Pero, al final, faltó la emoción y, además, por el camino, Tecnyconta llegó a dilapidar una renta de hasta 23 puntos.

Afortunadamente, el conjunto aragonés este año tiene hasta la suerte del campeón. Con el Instant Replay roto, los colegiados anularon un triple sobre la bocina de EJ Rowland que daba el triunfo al conjunto local. Lo hicieron a simple vista y acertaron, cuando lo fácil hubiese sido pitar a favor del anfitrión. Como también lo hubiese sido, por cierto, en Andorra. En pista se quedó un conjunto madrileño con cara de circunstancias, sin saber muy bien qué estaba ocurriendo. Los aragoneses, con buen criterio, desaparecieron de pantalla y, entiendo, asimilaron la victoria en la intimidad del vestuario. No hubo vuelta al ruedo. Okoye no cruzó el campo el campo para gritarle a una cámara. Nadie tiró un cubo gigante de Gatorade por la espalda de Fisac.

Lo bueno del final anticlimático es que, bien ejecutado, crece en el espectador con el tiempo. Planta una semilla que puede tardar en germinar, pero que acaba ofreciendo una recompensa mayor. No se trata de un producto de consumo rápido. En ‘No es país para viejos’, los Coen no sólo dejaron para la memoria visual del cine un personaje icónico como el Anton Chigurh de Javier Bardén, parodiado en Los Simpsons, auténticos capturados del zeiglist cultural de nuestra generación. Al denegar la redención final, al matar al protagonista fuera de plano, al terminar con un monólogo y no con un tiroteo, los Coen retorcían los pilares fundacionales del western clásico y ofrecían al espectador la visión de que aquel mundo, si alguna vez existió, es cosa del pasado. Es la visión nihilista del los hermanos en su máxima expresión. Algo sobre lo que reflexionar.

Del mismo modo que, tras Fuenlabrada, los aficionados rojillos probablemente bajasen de la nube en la que estaban instalados. Al menos incialmente. La felicidad, el playoff, puede depender de algo tan volátil y fuera de nuestro control como que Rowland hubiese soltado el balón una décima de segundo antes. O, aún peor, que los árbitros, sin el apoyo de la técnica, hubiesen optado por tragarse el silbato ante el delirio fuenlabreño. Nada está garantizado, no si alguna vez nos volvemos a creer que un partido está ganado en el segundo cuarto.

Aunque esta vez se ganó.

Álex Suárez; el (pen)último tren

Jugador de formación local, de 2,06 metros de altura y buena mano. Sobre el papel, Álex Suárez lo tiene todo para hacer carrera profesional en el mundo del baloncesto. Sin embargo, el ala-pívot proyecta la sensación contraria. Todavía tiene 24 años y mucho margen de mejora. Claro, que la pregunta es; ¿tendrá más oportunidades? Después de un año ocupando el fondo del banquillo del Real Madrid, Zaragoza debía se el lugar en el que se reencontrase con el baloncesto. Sin embargo, terminó la temporada en la lista de jugadores inactivos. Sobre el papel, por lesión, aunque lo cierto es que ya nadie le esperaba en el parqué.

Suárez llegó a la capital aragonesa como una apuesta personal de Salva Guardia. El (ex) director técnico del club había sido su agente previamente, el encargado de moverle por los distintos equipos en los que ha militado desde que salió del Joventut en 2015. Y al parecer, creía fuertemente en el proyecto. Tanto como para poner parte de su reputación en sus manos al ficharle para completar la posición de ‘cuatro’ junto a Nikola Dragovic, a priori un jugador de similares características. Incluso, en su presentación, llegó a hablar de que podía jugar de ‘tres’. Curiosamente, la única vez que ambos compartieron pista, fue el serbio el que ejerció de alero.

Llegó el de Mahón, decíamos, con la necesidad de reivindicarse como jugador de nivel ACB. Algo más que un cupo cuyo valor radica en la nacionalidad de su pasaporte. No lo había logrado dos temporadas antes en Bilbao, equipo en el que fue perdiendo protagonismo progresivamente hasta convertirse en residual. Una dinámica que, lamentablemente, ha calcado en Zaragoza.

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La estadística comparada entre ambas temporadas demuestra una ligera mejora en sus números. Tan ligera, sin embargo, en un jugador tan joven, y con dos años de diferencia entre una y otra, se puede considerar un síntoma de estancamiento.

Llama poderosamente la atención, eso sí, es 40,8% de acierto en lanzamientos triples. Guarismos muy elevados, especialmente para un hombre grande. Esto se debe, en gran parte, al uso que de Álex Suárez se ha hecho en Tecnyconta. Especialmente mientras Jota Cuspinera estuvo ocupando el banquillo de la entidad zaragozana. En fase ofensiva, el ala-pívot ha sido un especialista. El clásico jugador de raza blanca, tirador, que decía Andrés Montes, que se coloca en una esquina para, con su amenaza, abrir el campo y anotar de tres si el balón llega a sus manos.

De hecho, el dato es obsceno. En total, Suárez ha intentado 76 lanzamientos triples, de los que ha convertido 31. Por contra, el balear solo ha realizado 24 tiros de dos puntos, anotando 11. Su juego no puede quedar mejor retratado.

Valorándolo como especialista, es bueno. Bueno, pero no élite. Por poner un ejemplo cercano, en su mejor temporada, Chad Toppert firmó un 53,4% de acierto (51/96) desde más allá del arco de 6,75). Aquel alero de Albuquerque, de juego unidensional, sí que era élite de la Liga. De hecho, en cuanto bajó sus porcentajes, 35,3% (35/99) en su última temporada, puso rumbo a Alemania para no volver. Por tanto: ¿puede justificar Suárez su lugar en una plantilla ACB gracias a su buena muñeca? La respuesta parece negativa.

Por ello, desde el banquillo del Tecnyconta siempre se le pidió más. Al menos, que ayudase a cargar el rebote ofensivo y que, en defensa, se aplicase para ponerle la vida complicada a su par. Empezó la temporada con buenos registros reboteadores e incluso fue llamado por la selección española absoluta para cubrir la baja por lesión de Pablo Aguilar. Sin embargo, conforme su presencia en pista se fue reduciendo, y debido a lo alejado del aro que siempre ha estado, poco a poco empeoró sus números hasta verse superado por todos sus compañeros en el juego interior.

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Por otro lado, cuantificar la defensa siempre es más complicado. Y, aunque no sobre su cabeza no pese la etiqueta de agujero negro, tampoco se trata de un aspecto del juego en el que haya logrado impactar.

De hecho, en líneas generales, el paso de Álex Suárez por la capital aragonesa difícilmente será recordado. ¿Será esta su última experiencia en ACB? Debido a la coyuntura actual, con escasez de jugadores de formación local solventes, y con los equipos de la parte baja ajustando su presupuesto al máximo, parece más que posible que el ala-pívot consiga acomodo en alguna plantilla de la parte baja de la Liga. Desde luego, su ambición de jugar con el Real Madrid, club por el que fichó en 2015, parece totalmente fuera de su alcance. El resto, dependerá exclusivamente de él.

Nota: 2/10