Marzo

Son las 22.30 pasadas y mi casa parece una casa fantasma. La quietud y el silencio son extremos, sobre todo si se tiene en cuenta que aquí conviven hasta siete personas. Algunos puede que estén trabajando todavía. O fuera por otro motivos, claro. Otros, supongo, estarán encerrados en sus cuartos. La verdad es que no lo sé. Hoy se cumple una semana exacta desde que me mudé y apenas recuerdo el nombre de un par de mis compañeros. De hecho, a uno lo conocí este lunes. Esto es, hemos estado compartiendo techo durante seis días y ni siquiera nos habíamos visto. Asunto extraño éste, que en una ciudad mastodóntica como Londres, al parecer, pasa a ser normal. Casi rutinario. La verdad, supongo que él ni se habrá parado a pensar sobre éste, para mi, casi escalofriante hecho.

Escribo estas líneas desde la cocina, la única zona común de la casa. Mi habitación es la más pequeña, y la más barata, aunque la verdadera razón por la que me encuentro sentado junto al microondas es la televisión. A pesar de ser de aquello que popularmente se conoce como marca del pato, Technika concretamente, posee una imagen realmente nítida, incluso con un más que aceptable HD. Se trata de un receptor común, aunque apenas nadie lo usa salvo como compañía a la hora de ingerir alimentos -el verbo comer implica ciertos matices que en muchas ocasiones no son aplicados-. Entiendo que entra dentro de la rutina londinense; el tiempo para ver la televisión, simplemente, no existe. Se suprime por, no sé, por ejemplo, andar por el metro como si estuvieras corriendo en los San Fermines.

Durante los primeros tres días en esta casa, creo que yo ni encendí la TV. Estaba bastante ocupado, por otra parte. Sin embargo, el fin de semana, más tranquilo, descubrí que, además de los canales rutinarios, el equivalente a la TDT, poseía además un cierto servicio de pago. En concreto, en lo que a mi me interesa, BT Sport y ESPN. Joder, juro que se me abrió el cielo en ese momento. Tanto que no pude resistirme a comentarlo con un compañero de piso que, de manera apresurada, se estaba preparando un supuesto shandwich en la encimera. “Bah, nunca dan nada bueno”, fue su respuesta.

He estado tan estresado últimamente que apenas he reparado en que estamos en marzo, con todo lo que ello significa. Hablo, por supuesto, de baloncesto universitario. De la NCAA. Del ‘March Madness’. Apenas me he enterado de los resultados de los diferentes torneos de conferencia por Twitter de manera fugaz y todavía no me he leído ninguna gúia sobre el campeonato. ¡Si ni siquiera he rellenado ningún ‘bracket’! Yo, que era totalmente consciente de la alienación a la que te somete vivir en una ciudad tan trepidante como Londres, era totalmente ajeno al evento que más me entretiene durante el tercer mes del año.

Ya son casi las 23.00 y apuro los últimos tragos de una lata de Coca-Cola que me saben a gloria. Hace no mucho he cenado una pizza, congelada sí, pero francamente buena, mientras veía una previa del Gran Baile de 30 minutos de duración. En el momento que escribo esto, Albany está apalizando a Mount St. Mary’s en el primer partido de la ronda previa al torneo, la llamada First Four. Y yo lo estoy viendo por televisión. Y en HD. Con toda la casa para mí. Marzo ha llegado, incluso a Londres.

Una tarde en White Hart Lane

La primera vez que fui a White Hart Lane me di cuenta de lo grande que es Londres de verdad. Pensé que si Frodo hubiese tenido que ir hasta allí a tirar el anillo, y no a Mordor, hubiese necesitado cinco películas para contar su caminata. Por si fuera poco, lo que vi cuando llegué tampoco distó mucho de la guarida de Sauron. No era día de partido, había anochecido y el barrio me pareció, por decirlo de alguna manera, bastante desapacible. No me extrañó, pues, que años antes se hubiesen producido por sus calles las célebres revueltas de 1985. Tampoco me extrañó que, poco después, en 2011, los famosos disturbios que se extendieron por todo el país tuvieran su foco nuevamente allí.

Ahora, visto con perspectiva, lo entiendo todo algo mejor. Aquella primera visita al estadio del Tottenham Hotspur fue en 2009. Una semana antes, los ‘Spurs’ le habían metido nueve al Wigan de Roberto Martínez, por fecharlo con algo más de exactitud. Creo, aunque no estoy seguro, que fue mi segunda visita a la capital británica. Yo por entonces residía en Hastings, al sur del país, donde estaba realizando un curso de inglés. Junto a mi amigo Quike nos propusimos un viaje para visitar los estadios de fútbol de la Premier League. Una idea loca que nos llevó de una extremo a otro de la ciudad. Emirates, Stamford Bridge, Craven Cottage, Upton Park y White Hart Lane. Quizá no en este orden, aunque la casa del Tottenham Hotspur sí que fue el último lugar. Llegar, visitar los alrededores, entrar a la tienda y a por otro. Seguramente, seamos los únicos que, por número de millas recorridas y trenes cogidos, hayamos logrado amortizar una ‘travel day card’. A eso hay que sumar el viaje de ida y vuelta hasta Londres. Así éramos -somos-.

El pasado jueves tuve la oportunidad de regresar al lugar del crimen. Estaba ansioso y me esperaba un largo viaje, así que salí de casa con prontitud. No sé si es que me estoy haciendo a las distancias de aquí, pero el trayecto me resultó corto en esta ocasión. Cercanías en Liverpool St. Station, hasta allí no llega el metro, y en cuatro o cinco paradas estaba en mi destino. Conclusión; a mi llegada estaban todavía montando los típicos puestos en los que se venden bufandas y camisetas contra el Arsenal. Quedaban, aproximadamente, dos horas y media para el saque de centro y, como no sabía bien qué hacer, pregunté en la puerta si ya podía pasar. Miraron mi nombre en la lista y para adentro. A una sala acondicionada con mesas, sillas y dos televisores en la que ya había algunos periodistas trabajando.

Fue mi segunda experiencia laboral en Inglaterra, la primera consistió en cubrir un amistoso del Real Zaragoza en Upton Park. Entonces, por miedo y desconocimiento, apenas vi el partido, temí por la temporada que nos venía encima y me marché del estadio. En esta ocasión, intenté integrarme más en el entorno. No estaba seguro de que fuera a ocurrir, pero a eso de las seis de la tarde trajeron la cena. Esto supone un cambio notable con respecto a trabajar en España. Es verdad que, aquí, en muchos trabajos es costumbre proporcionar el ‘lunch’ a los empleados. También existen los contratos de cero horas, que nadie crea que quiero vender alguna moto sobre lo magnífico de este país, pues se aleja bastante de mi ideal. Lo que entienden aquí por cordero, ojala hubiese sido ternasco, y algo de guarnición fue el menú. El Napoli-Swansea amenizó la espera. Llegaba el partido, así que ‘cafecico’ caliente para combatir el frío y para la zona de prensa.

White Hart Lane es un campo inglés, tal y como nosotros lo entendemos. La grada esta lo más cerca posible del campo y, cuando el fondo sur, donde se sitúan los aficionados más animosos, aquellos que ven todo el partido de pie, se anima, los cimientos llegan a retumbar. Quizá por ser una eliminatoria europea. Quizá porque el Tottenham se vio obligado a levantar un 0-2 en el global, pero el choque tuvo un ambiente magnífico. A mi me tocó estar sentado a escasos metros de la salida de jugadores. Prácticamente, justo detrás de Tim Sherwood. Fui allí pensando en escribir sobre el regreso de Juande Ramos, pero la energía del entrenador local me llevó a dedicarle unas líneas en cuenta (aquí se puede leer). Al parecer, sus métodos están bastante cuestionados por la prensa local. Mi opinión, y ya que es mi página la doy, es que está realizando un gran trabajo mental. En ese sentido, me recuerda al primer Manolo Jiménez al frente del Real Zaragoza. A veces se olvida que en el fútbol no todo es táctica o, incluso, técnica. Ponerle corazón -y confianza- al juego resulta igual de primordial.

En apenas 13 minutos los ‘Spurs’ metieron tres goles y el estadio entró en catarsis. A Adebayor se le pide perdón por los insultos vertidos sobre él cuando era el referente del Arsenal, aunque quizá el jugador que más cánticos recibe es Soldado. Su temporada es mala, su partido fue malo, pero aún así fue agasajado cuando fue sustituido. Saben que por sus botas pasa el reconducir la temporada y tienen paciencia con él. Parece que da sus frutos, pues este domingo marcó el gol de la victoria contra el Cardiff City. Sherwood dijo de él que todavía puede alcanzar los 20 goles esta temporada, casi nada.

Las ruedas de prensa tras el partido no distaron mucho de las que se suelen dar en España. Por parte local se intentó restar incidencia a la desafortunada actuación del colegiado. Y por los visitantes enfatizarla, claro. Juande Ramos dio las explicaciones en castellano, necesitando, por tanto, dos traductores, uno al inglés y otro al ucraniano. Según explicó, lo más complicado para él había sido lidiar con el clima de inestabilidad que se está dando en Ucrania. Algo lógico y normal. Terminadas las comparecencias, camino de regreso que, esta vez sí, resultó más largo y pesado.