‘Made in Texas’

Texas no es un estado más. Su especial idiosincrasia y folclore lo convierten en un territorio único, con una fuerte personalidad que permanece marcada a fuego en el imaginario popular. Hasta seis países han llegado a reclamar sus interminables páramos en un momento u otro de la historia. Un legado cultural cristalizado a través de sus característicos ranchos y regado por los dólares procedentes del petróleo. “Todo es más grande en Texas”, dice con orgullo uno de sus eslóganes más reconocibles. Una máxima que llevan a la práctica en todos los ámbitos de la vida.

A pesar de contar con numerosas franquicias en las diferentes ligas profesionales, los texanos, como casi todos los estadounidenses, vuelcan su devoción en el deporte universitario. Algo que en el estado de la estrella solitaria se dibuja, fundamentalmente, en dos colores; el ocre de la Universidad de Texas (UT) y el granate de Texas A&M (TAMU). Los dos centros públicos más numerosos, con aproximadamente 50.000 alumnos cada uno. Dos equipos, Longhorns y Aggies, que paralizan el estado cada vez que se miden entre ellos. Especialmente en fútbol americano, el deporte por excelencia en Texas. Casi, una religión. Así lo refleja la recomendable serie de televisión ‘Friday Night Lights’, ambientada eso sí en el ámbito de instituto.

El primer partido de fútbol americano entre ambos colosos data de 1894. Una rivalidad que poco a poco iría impregnando al resto de modalidades. Tanto que, a lo largo de los años, llegaría a generar el llamado ‘Lone Star Showdown”, una pequeña competición que contabilizaría todos los enfrentamientos directos entre las dos universidades en cada disciplina. Esto es, cada victoria de un equipo sobre otro, sea cual sea la disciplina, supone un punto para la general. Asunto de estado. Con tal competitividad, sumada al placer de poder derrotar al eterno rival, cada partido entre la UT y TAMU es una batalla. También en baloncesto, claro. Un ambiente especial que bien conoce Joseph Jones, actual jugador del CAI Zaragoza y máximo referente en el que seguramente ha sido el mejor equipo de los Aggies en el presente siglo.

Así, en 2006, el equipo de la A&M se desplazó al Frank Erwing Center, hogar de su eterno rival, con la intención de tumbar al que por entonces estaba considerado como el séptimo mejor equipo del país. En una actuación memorable, Joseph Jones acumulaba 31 puntos en su casillero particular a falta de, aproximadamente, cuatro minutos para el término del partido. Una auténtica masacre al poste bajo que los Longhorns eran incapaces de frenar. Hasta que Brad Buckman, su par, decidió simular falta tras un contacto en ataque del actual poste rojillo. Quinta personal y al banquillo. “No estaba fallando ningún tiro y tenía que intentar hacer algo”, dijo después el interior de la UT. En aquel asalto, los locales se apuntaron el tanto (70-83).

Afortunadamente, en el partido de vuelta, los Aggies pudieron vengarse. En un choque trabado, los de la A&M consiguieron vencer a sus máximos rivales (46-43) y desataron la locuraen el Reed Arena. Tanto que el público terminó por invadir la pista, tal y como se muestra en este vídeo. “El partido más importante de la historia”, dice el narrador.

Este miércoles, Buckman, actualmente en el Besiktas turco, y Jones se volvieron a encontrar las caras sobre el parqué. En esta ocasión, con la Eurocup como telón de fondo. A pesar de la evidente motivación mostrada por tener en frente a su viejo rival, el pívot del CAI tuvo un mal partido con solo dos tiros de campo de los siete anotados. Cobrándose, eso sí, un brutal tapón a su favor. El triunfo, como ocurrió en Texas, fue para el equipo de Buckman. Claro que todavía queda la vuelta…

El calcetín impar

Es matemático, hacer la colada y descontar un calcetín en el proceso. Siempre es la misma historia; ir a tender, sacar la ropa mojada del cubo y a la hora de colocarla sobre las cuerdas observar que el número de calcetines es impar. Me gusta pensar que se trata del peaje que pide la lavadora por dejar todas nuestras prendas limpias y listas para volver a ser utilizadas. Un fenómeno empírico y universal del que debería ocuparse la ciencia. La consecuencia más directa de dicho misterio se concentra, por supuesto, en el armario. Concretamente, en el cajón de la ropa interior. Lugar en el que los desparejados se juntan entre sí para dar pie a un nuevo par que, a partir de cierta edad, solo puede ser utilizado con pantalón largo. Eso si no posees la rara aspiración de convertirte en una versión adulta -y masculina en mi caso- de ‘Punky Brewster’, claro.

Seguramente exista gente que, cuando un calcetín pierde a su gemelo, opte por no utilizarlo más. Que lo arrincone en una esquina del cajón a la espera de un retorno que nunca se producirá o, directamente, lo arroje a la basura. Diferentes opciones a tomar cuando el plan previsto, en este supuesto tener dos calcetines totalmente idénticos dentro del vestuario habitual, sufre una variación inesperada. ¿A qué viene todo este rollo macabeo, digno del monólogo más chusco del ‘Club de la comedia’? Sencillamente, a que el CAI Zaragoza no funciona como debiese y que, en un barrido entre sus afecciones, que son varias, la falta de acople de Viktor Sanikizde en el juego coral resulta una de las más evidentes. Actualmente, el ala-pívot georgiano es un calcetín impar en el cesto de la ropa del club rojillo. Un calcetín caro, de los que se lucen con pantalón corto y zapatillas del ‘Foot Locker’. Un calcetín, eso sí, de naturaleza extravagante, capaz de desordenar por sí solo todo un atuendo completo si no se combina con las prendas adecuadas.

No es ningún secreto que el CAI Zaragoza, en general, presenta un déficit importante de acople entre sus piezas. Lo que el año pasado era un bloque sólido, que arrollaba a sus rivales gracias a su concepción colectiva del juego, este año todavía no ha logrado carburar como conjunto. El propio José Luis Abós, incluso, coincide en el diagnóstico. “Tenemos un problema de descoordinación en ataque y defensa”, analizó el técnico zaragoza. Los motivos son de sobra conocidos; la ausencia de una pretemporada como tal, la disminución de entrenamientos semanales derivada de la disputa de la Eurocup o la adquisición de un nuevo base al que le cuesta ordenar a sus compañeros en pista, parecen lastrar en demasía el rendimiento de un conjunto que este domingo firmó su tercera derrota consecutiva. Señales preocupantes aunque no irreparables, ojo.

Sin embargo, Sanikidze resalta en esa falta de conexión general. Sobre la pista, el ‘cuatro’ parece estar totalmente desenchufado del resto del equipo. Quizá debido a su particular idiosincrasia, la cual le dibuja como un ala-pívot heterodoxo, muy alejado de la sobriedad sin estridencias abanderada por Pablo Aguilar las últimas campañas. Planteamiento en el que sí parecía cuadrar la apuesta inicial del club, Daniel Clark. El georgiano es un hombre alto que inicia los contraataques y, en ocasiones, asume tiros que sobre la pizarra no parecían destinados para él. Es el diferente. El raro. Barba poblada y coronilla despejada. Un ‘outsider’ necesitado de un orden sobre el que sobresalir. Un calcetín desparejado en un armario desordenado.

Berlín

Berlín, para mi, es el escenario de mis últimas vacaciones de verano. Cuatro días sin tregua ni descanso tras los cuales solo existe una única conclusión: se trata de una ciudad imposible de abarcar. Sea cual sea el prisma a través del que se pretenda observar, la capital germana desborda las expectativas y deja en unos insuficientes 3:4 lo que pretendía ser una vista en 16:9. Incluso cuando la intención es tan humilde como pueda ser visitar lo más típico del lugar. Porque la gracia de Berlín reside en el deseo que genera por profundizar. En sus calles existe fondo y contenido, otearla desde la superficie desde luego no casa con su carácter.

Especialmente, porque desde el punto de vista estético no se trata de una ciudad bonita o acogedora. Totalmente arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, conserva algunos monumentos que, en contexto europeo, no resultan la repanocha y, aunque particularmente la arquitectura sovietica me trasmite un cierto encanto complicado de explicar, hay que reconocer que barriadas repletas de edificios cuadriculados no es lo que se puede calificar como una oda a la belleza.

Siendo una de mis grandes asignaturas pendientes, preparé el viaje con la dedicación que mi por entonces apretada agenda me dejó. Así, en los días previos a tomar el infame Ryanair que me transportó junto a mi amigo Jorge desde Reus hasta Bremen, releí el pasaje de ‘Fútbol contra el enemigo’ dedicado al balompié berlinés durante la época del muro, vi la extremadamente dura ‘Yo Cristina F.’, que aborda el problema de la drogadicción que golpeó la ciudad en los años 80, y me perdí en Internet en busca de reportajes y documentales sobre Tacheles, ya cerrada y de la que apenas pude ver la fachada. Lo del techno lo dejé por imposible, soy incapaz de encontrarle sentido alguno a semejante música.

A pesar de todo, no estaba preparado ni de lejos para lo que se me venía encima. Mi total desconocimiento del alemán, y por consiguiente incapacidad de memorizar cualquier tipo de nombre propio, complicó el asunto. Afortunadamente, la guía de mi amigo Antonio, residente en Braunschweig y que se unió a la expedición tras previo paso por su casa, y un más que recomendable Free Tour en castellano que partía desde la puerta de Brandenburgo, que en algo más de cuatro horas repasó los acontecimientos históricos más relevantes de la ciudad, salvaron la situación.

Junto a mis amigos, en Berlín visité el estadio olímpico, dónde actualmente juega el Hertha, en el que años antes Jesse Owens se atrevió a desafiar al mismísimo Hitler. Presencié un concierto acústico de una banda que no recuerdo en el único museo de los Ramones que existe fuera de Estados Unidos. Anduve durante horas por Kreuzberg en busca de un schnitzel a cinco euros, y cuando lo encontré me comí una hamburguesa de pollo crujiente. Vi una de las escenas más surrealistas de mi vida cuando, tras una extensa escolta policial, apareció un camión con la música electrónica más machacona que se pueda imaginar a todo volumen y, tras de él, una corte de punkis bailando desaforados. Intenté seguir aquel absurdo peregrinaje, pero desistí por clemencia con mis tímpanos. Pasé por la puerta del imponente O2, y le hice una foto, sin imaginar siquiera que algún día el CAI Zaragoza disputaría un partido oficial en él.

Tengo que volver a Berlín.

La Eurocup era esto

He descubierto la Eurocup. Sabía de su existencia, pero nunca me había detenido a contemplarla. No me da vergüenza admitir que, hasta ahora, para mi la segunda competición europea era una auténtica desconocida. El plato de verdura que figura en todo menú de restaurante y que siempre paso por alto con vehemencia. Si salgo a comer fuera, que sea algo sabroso de verdad, la dieta sana ya la dejaré para mi día a día. NBA, NCAA, Euroliga, Liga Endesa -en tiempos ya olvidados la LEB-… Hay mucho baloncesto para elegir a lo largo de la temporada y uno llega hasta donde llega. Por eso, de la mano del CAI Zaragoza, este martes experimenté la sensación de descubrir un mundo nuevo. Que siempre había estado ahí, pero hasta ahora no para mi.

No todo es culpa mía, claro. Desde el exterior, la Eurocup es una competición semi clandestina, que no sabe proyectar a nivel continental la importancia que posee para los clubes que participan en ella. Muchos, entidades de gran categoría y peso en sus respectivos países. Algunos, incluso, conjuntos con aspiraciones reales de Euroliga, el gran paraíso vedado para los simples mortales. Por ello, el torneo permanece como un producto de disfrute local. Reservado para aquellos que toman parte de él. El ejemplo más claro de esto es que el canal más importante que posee los derechos del campeonato es Eurosport 2, que solo se puede ver en inglés y a través de plataformas de pago.

Claro que todas estas dificultades también tienen su encanto. Acceder a la Eurocup supone un esfuerzo y, como tal, tiene su recompensa. En esta primera fase, cada jornada consta de 24 partidos distintos. Muchos, entre equipos de los que jamás había oído hablar antes. Otros, en cambio, suponen el reencuentro con conjuntos de los que hace mucho tiempo no sabía nada o con jugadores a los que tenía totalmente perdida la pista. Cada boxscore, cada resumen, es una sorpresa nueva. Un descubrimiento. Alfabetos en cirílico, ciudades totalmente desconocidas… ¡el Asesoft rumano le ganó por 20 puntos al todopoderoso Khimki ruso! La vida es una caja de bombones, nunca sabes cuál te va a tocar.

En cierto modo, navegando compulsivamente por Internet, entre la página oficial de la competición, los perfiles de Twitter de los clubes y páginas especializadas, retrocedí en el tiempo. Paradójicamente, a aquellos años en los que la red de redes no gobernaba mi vida y era un chaval ávido de información sobre la NBA. Cuando el teletexto era visita obligada para saber los resultados del día y las cintas de VHS rulaban por el recreo con partidos del Gordo Barkley con aquel hipnótico uniforme de los Suns. El partido del viernes del Plus, merchandising Starter de los Hornets y revistas como ‘XXL Basketball’ o la oficial de la NBA cada mes. Mis 90, que cantaría MDE Click. Así estoy yo con la Eurocup, como un chaval con Jordans nuevas.