Kingda CAI

Texto publicado en El ‘traspiés’, columna de periodicidad semanal realizada para Aragonsport.com

La montaña rusa más alta del mundo, al menos hasta que se construya su sucesora, está situada en Nueva Jersey, Estados Unidos. La atracción, que pasa de cero a 206 kilómetros por hora en aproximadamente tres segundos y medio, está compuesta por una pronunciada caída cuyo punto más alto se encuentra a 139 metros del suelo. Su nombre es Kingda Ka, aunque bien podría ser CAI Zaragoza. Así lo ha demostrado el conjunto aragonés en la última semana. Capaz de vapulear al Alba de Berlín el miércoles (75-50) y recibir de su propia medicina sólo cuatro días después en Barcelona (73-50). Arriba y abajo, sin tiempo siquiera para el clásico interludio en forma de foto de recuerdo con los brazos en alto y cara de velocidad.

Son las consecuencias propias de la frenética campaña en la que anda montado el club aragonés. Dos partidos por semana en los que no existen palanca de freno ni bolsa para el mareo. El calendario no ofrece tregua alguna y la mejor muestra de ello es que el próximo miércoles, en el Príncipe Felipe, los rojillos poseen programado un nuevo choque trascendental, en esta ocasión con el Telekom Bonn como rival. En él, el conjunto dirigido por José Luis Abós se juega la práctica totalidad de sus opciones de continuar su participación en la Eurocup. Ganar, y recuperar los cuatro puntos de ‘average’, es la exigencia. El digerir la pesada derrota sufrida en el Palau Blaugrana deberá ser, como todo lo que ilustra a este artículo, un ejercicio ‘express’.

Es la tónica general de la temporada. Su parte negativa, la cual es esgrimida en voz alta cada vez que se buscan argumentos y razones por los que el CAI no termina de adoptar la regularidad competitiva que maravilló el año pasado. ¿Por qué apenas se encadenan victorias? ¿Cuáles son los motivos por los que, incluso dentro de un mismo partido, el equipo es capaz de mostrar dos caras tan diferenciadas como las del villano de ‘Batman’? La ausencia de una pretemporada efectiva debido a la tardía llegada de los internacionales así como la inoportuna lesión de Michael Roll, la merma de entrenamientos semanales debido a la cantidad de viajes realizados y la lenta integración de los fichajes, algunos de ellos llamados a ser referentes del nuevo equipo, son las respuestas más aparentes. Una realidad que, en ocasiones, obvia el hecho que subyace tras ella, y que no es otro que la actual situación responde al premio obtenido a la machada realizada el curso anterior

La experiencia en Kingda Ka apenas dura un minuto, lo que no impide que entusiastas de las montañas rusas de todo el mundo viajen hasta su falda para vivirlos en primera persona. Seguramente, aguardarán pacientemente la pertinente cola y, si está en su mano, se sentarán en primera fila. En el parque de atracciones ‘Six flags great aventure‘, donde se encuentra alojada la atracción, también habrá visitantes circunstanciales que decidan subirse a uno de sus vagones más preocupados por la seguridad que de disfrutar del viaje. Ojos cerrados y nudillos tan apretados que la piel pierde su coloración natural para adquirir un inconfundible tono blanco son su seña de identidad. Bienvenidos al ‘traspiés’, aquí soltamos las manos cuando llega la bajada.

El calcetín impar

Es matemático, hacer la colada y descontar un calcetín en el proceso. Siempre es la misma historia; ir a tender, sacar la ropa mojada del cubo y a la hora de colocarla sobre las cuerdas observar que el número de calcetines es impar. Me gusta pensar que se trata del peaje que pide la lavadora por dejar todas nuestras prendas limpias y listas para volver a ser utilizadas. Un fenómeno empírico y universal del que debería ocuparse la ciencia. La consecuencia más directa de dicho misterio se concentra, por supuesto, en el armario. Concretamente, en el cajón de la ropa interior. Lugar en el que los desparejados se juntan entre sí para dar pie a un nuevo par que, a partir de cierta edad, solo puede ser utilizado con pantalón largo. Eso si no posees la rara aspiración de convertirte en una versión adulta -y masculina en mi caso- de ‘Punky Brewster’, claro.

Seguramente exista gente que, cuando un calcetín pierde a su gemelo, opte por no utilizarlo más. Que lo arrincone en una esquina del cajón a la espera de un retorno que nunca se producirá o, directamente, lo arroje a la basura. Diferentes opciones a tomar cuando el plan previsto, en este supuesto tener dos calcetines totalmente idénticos dentro del vestuario habitual, sufre una variación inesperada. ¿A qué viene todo este rollo macabeo, digno del monólogo más chusco del ‘Club de la comedia’? Sencillamente, a que el CAI Zaragoza no funciona como debiese y que, en un barrido entre sus afecciones, que son varias, la falta de acople de Viktor Sanikizde en el juego coral resulta una de las más evidentes. Actualmente, el ala-pívot georgiano es un calcetín impar en el cesto de la ropa del club rojillo. Un calcetín caro, de los que se lucen con pantalón corto y zapatillas del ‘Foot Locker’. Un calcetín, eso sí, de naturaleza extravagante, capaz de desordenar por sí solo todo un atuendo completo si no se combina con las prendas adecuadas.

No es ningún secreto que el CAI Zaragoza, en general, presenta un déficit importante de acople entre sus piezas. Lo que el año pasado era un bloque sólido, que arrollaba a sus rivales gracias a su concepción colectiva del juego, este año todavía no ha logrado carburar como conjunto. El propio José Luis Abós, incluso, coincide en el diagnóstico. “Tenemos un problema de descoordinación en ataque y defensa”, analizó el técnico zaragoza. Los motivos son de sobra conocidos; la ausencia de una pretemporada como tal, la disminución de entrenamientos semanales derivada de la disputa de la Eurocup o la adquisición de un nuevo base al que le cuesta ordenar a sus compañeros en pista, parecen lastrar en demasía el rendimiento de un conjunto que este domingo firmó su tercera derrota consecutiva. Señales preocupantes aunque no irreparables, ojo.

Sin embargo, Sanikidze resalta en esa falta de conexión general. Sobre la pista, el ‘cuatro’ parece estar totalmente desenchufado del resto del equipo. Quizá debido a su particular idiosincrasia, la cual le dibuja como un ala-pívot heterodoxo, muy alejado de la sobriedad sin estridencias abanderada por Pablo Aguilar las últimas campañas. Planteamiento en el que sí parecía cuadrar la apuesta inicial del club, Daniel Clark. El georgiano es un hombre alto que inicia los contraataques y, en ocasiones, asume tiros que sobre la pizarra no parecían destinados para él. Es el diferente. El raro. Barba poblada y coronilla despejada. Un ‘outsider’ necesitado de un orden sobre el que sobresalir. Un calcetín desparejado en un armario desordenado.

Berlín

Berlín, para mi, es el escenario de mis últimas vacaciones de verano. Cuatro días sin tregua ni descanso tras los cuales solo existe una única conclusión: se trata de una ciudad imposible de abarcar. Sea cual sea el prisma a través del que se pretenda observar, la capital germana desborda las expectativas y deja en unos insuficientes 3:4 lo que pretendía ser una vista en 16:9. Incluso cuando la intención es tan humilde como pueda ser visitar lo más típico del lugar. Porque la gracia de Berlín reside en el deseo que genera por profundizar. En sus calles existe fondo y contenido, otearla desde la superficie desde luego no casa con su carácter.

Especialmente, porque desde el punto de vista estético no se trata de una ciudad bonita o acogedora. Totalmente arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, conserva algunos monumentos que, en contexto europeo, no resultan la repanocha y, aunque particularmente la arquitectura sovietica me trasmite un cierto encanto complicado de explicar, hay que reconocer que barriadas repletas de edificios cuadriculados no es lo que se puede calificar como una oda a la belleza.

Siendo una de mis grandes asignaturas pendientes, preparé el viaje con la dedicación que mi por entonces apretada agenda me dejó. Así, en los días previos a tomar el infame Ryanair que me transportó junto a mi amigo Jorge desde Reus hasta Bremen, releí el pasaje de ‘Fútbol contra el enemigo’ dedicado al balompié berlinés durante la época del muro, vi la extremadamente dura ‘Yo Cristina F.’, que aborda el problema de la drogadicción que golpeó la ciudad en los años 80, y me perdí en Internet en busca de reportajes y documentales sobre Tacheles, ya cerrada y de la que apenas pude ver la fachada. Lo del techno lo dejé por imposible, soy incapaz de encontrarle sentido alguno a semejante música.

A pesar de todo, no estaba preparado ni de lejos para lo que se me venía encima. Mi total desconocimiento del alemán, y por consiguiente incapacidad de memorizar cualquier tipo de nombre propio, complicó el asunto. Afortunadamente, la guía de mi amigo Antonio, residente en Braunschweig y que se unió a la expedición tras previo paso por su casa, y un más que recomendable Free Tour en castellano que partía desde la puerta de Brandenburgo, que en algo más de cuatro horas repasó los acontecimientos históricos más relevantes de la ciudad, salvaron la situación.

Junto a mis amigos, en Berlín visité el estadio olímpico, dónde actualmente juega el Hertha, en el que años antes Jesse Owens se atrevió a desafiar al mismísimo Hitler. Presencié un concierto acústico de una banda que no recuerdo en el único museo de los Ramones que existe fuera de Estados Unidos. Anduve durante horas por Kreuzberg en busca de un schnitzel a cinco euros, y cuando lo encontré me comí una hamburguesa de pollo crujiente. Vi una de las escenas más surrealistas de mi vida cuando, tras una extensa escolta policial, apareció un camión con la música electrónica más machacona que se pueda imaginar a todo volumen y, tras de él, una corte de punkis bailando desaforados. Intenté seguir aquel absurdo peregrinaje, pero desistí por clemencia con mis tímpanos. Pasé por la puerta del imponente O2, y le hice una foto, sin imaginar siquiera que algún día el CAI Zaragoza disputaría un partido oficial en él.

Tengo que volver a Berlín.

La Eurocup era esto

He descubierto la Eurocup. Sabía de su existencia, pero nunca me había detenido a contemplarla. No me da vergüenza admitir que, hasta ahora, para mi la segunda competición europea era una auténtica desconocida. El plato de verdura que figura en todo menú de restaurante y que siempre paso por alto con vehemencia. Si salgo a comer fuera, que sea algo sabroso de verdad, la dieta sana ya la dejaré para mi día a día. NBA, NCAA, Euroliga, Liga Endesa -en tiempos ya olvidados la LEB-… Hay mucho baloncesto para elegir a lo largo de la temporada y uno llega hasta donde llega. Por eso, de la mano del CAI Zaragoza, este martes experimenté la sensación de descubrir un mundo nuevo. Que siempre había estado ahí, pero hasta ahora no para mi.

No todo es culpa mía, claro. Desde el exterior, la Eurocup es una competición semi clandestina, que no sabe proyectar a nivel continental la importancia que posee para los clubes que participan en ella. Muchos, entidades de gran categoría y peso en sus respectivos países. Algunos, incluso, conjuntos con aspiraciones reales de Euroliga, el gran paraíso vedado para los simples mortales. Por ello, el torneo permanece como un producto de disfrute local. Reservado para aquellos que toman parte de él. El ejemplo más claro de esto es que el canal más importante que posee los derechos del campeonato es Eurosport 2, que solo se puede ver en inglés y a través de plataformas de pago.

Claro que todas estas dificultades también tienen su encanto. Acceder a la Eurocup supone un esfuerzo y, como tal, tiene su recompensa. En esta primera fase, cada jornada consta de 24 partidos distintos. Muchos, entre equipos de los que jamás había oído hablar antes. Otros, en cambio, suponen el reencuentro con conjuntos de los que hace mucho tiempo no sabía nada o con jugadores a los que tenía totalmente perdida la pista. Cada boxscore, cada resumen, es una sorpresa nueva. Un descubrimiento. Alfabetos en cirílico, ciudades totalmente desconocidas… ¡el Asesoft rumano le ganó por 20 puntos al todopoderoso Khimki ruso! La vida es una caja de bombones, nunca sabes cuál te va a tocar.

En cierto modo, navegando compulsivamente por Internet, entre la página oficial de la competición, los perfiles de Twitter de los clubes y páginas especializadas, retrocedí en el tiempo. Paradójicamente, a aquellos años en los que la red de redes no gobernaba mi vida y era un chaval ávido de información sobre la NBA. Cuando el teletexto era visita obligada para saber los resultados del día y las cintas de VHS rulaban por el recreo con partidos del Gordo Barkley con aquel hipnótico uniforme de los Suns. El partido del viernes del Plus, merchandising Starter de los Hornets y revistas como ‘XXL Basketball’ o la oficial de la NBA cada mes. Mis 90, que cantaría MDE Click. Así estoy yo con la Eurocup, como un chaval con Jordans nuevas.