El Cuervo de los Tres Ojos

El Cuervo de Tres Ojos es la memoria de Occidente, un ente misterioso ligado a los Dioses Antiguos, capaz de relatar la historia desde antes incluso de la llegada de los primeros hombres. Porque previamente a que se crease el mundo tal y como lo conocimos, él ya estaba ahí. También estaba ahí Pep Cargol, memoria viviente del Basket Zaragoza. Hombre de club en el sentido más amplio del término y arquitecto silencioso de la que va camino de ser la temporada más exitosa en la historia del club aragonés. 

El gerundés es el hombre detrás del hombre milagro, Porfirio Fisac. Porque para que el técnico segoviano pudiese hacer su magia, antes necesitaba una plantilla a la que exprimir todo su potencial. Ya que por mucho que alguna vez se pudiese olvidar a orillas del Ebro, el secreto de toda buena temporada se cocina durante el verano previo.

La elección de Cargol como director deportivo pudo no ser la opción más sexy en un primer momento, aunque representaba una declaración de intenciones por parte del club. Independientemente de su habilidad para fichar o de los contactos que pudiese tener, con Cargol al frente de la parcela deportiva el club se olvidaba de experimentos fallidos y recuperaba su memoria. El ethos de una entidad muy consciente del papel que quiere ocupar dentro del baloncesto español. Eso que algunos caducos llamarían señorío, por entendernos.

Porque Pep podía ser nuevo pero, desde luego, no era un novato. Como Bran Stark, sabía de dónde venía, dónde estaba y dónde quería ir. En pocas palabras: conocía el club y sus circunstancias. “Deseamos conseguir estabilidad, crecer y, desde nuestra forma de ser, que se haga con coherencia. Haremos hincapié en nuestros valores que son los que nos van a marcar”, dijo en su presentación. Pueden parecer las típicas declaraciones vacías de sala de prensa, pero sin embargo esconden el credo sobre el que se ha asentado su primera temporada al mando. Ese “nuestra forma de ser” refleja la identidad perdida durante los años oscuros, el motivo por el que el actual equipo ha calado tan hondo en la marea roja y que nos ha llevado a realizar interminables paralelismos mentales con el gran conjunto de 2013, desde antes de que se alcanzasen las semifinales incluso. 

Lo que escondió por razones obvias es que también sabía cómo lograrlo. El gran acierto de Cargol es, sin duda alguna, la contratación de Porfirio Fisac para el banquillo. Pero también, un cambio sensible en la política de fichajes respecto a la realizada en los años oscuros.

Si durante veranos pasados la palabra clave era polivalencia, en los que se intentaba combatir las estrecheces económicas con la búsqueda de jugadores que pudiesen desempeñar varias posiciones sobre la pista, Cargol basó su estructura en otro concepto: complementariedad. Esto es, una plantilla amplia, con un mínimo de dos jugadores útiles por posición y que, en la medida de lo posible, tuviesen características opuestas. 

El segundo concepto clave de su trabajo es: identidad. No sólo en la apuesta sin concesiones por la cantera, sino en la creación de un núcleo de jugadores nacionales -o baloncestistas profundamente arraigados como Nemanja Radovic o, incluso, Renaldas Seibutis– que tuviesen claro en todo momento dónde estaban y qué había en juego. Muy celebrado fue en su momento el tuit de Tyrese Rice con el que, tras ser amenazado por el Barça con ser enviado al filial si no mejoraba su actitud, preguntó a sus seguidores que qué demonios era eso de la “LEB Gold”. Por ello, si nos retrotraemos un momento a la mentalidad de principio de temporada, en la que evitar la pérdida de categoría era el único objetivo, el contar con el máximo número de jugadores que supiesen el significado de LEB Gold era crucial.

La capacidad de colegiar la plantilla con Fisac en fichajes como el de Nacho Martín o, presumiblemente, Jonnathan Berhanemeskel, así como la jugada maestra de guardarse una plaza de extracomunitario en caso de que surgiese algún problema que solucionar a lo largo de la temporada, completarían los cuatro pilares sobre los que Cargol ha edificado su primer y exitosísimo proyecto.

¿Y después, qué?

Pues durante la temporada, la más absoluta discreción. Además de ex jugador, ex entrenador de cantera y ex entrenador del primer equipo, el que fuese alero del Real Madrid durante muchos años también fue poco después comentarista del CAI Zaragoza en Aragón Radio. Esto es, conoce el negocio desde los dos lados del muro

Pep es un hombre extremadamente educado y mesurado en todas sus exposiciones públicas. Si uno escucha hablar a los que saben, lo que requiere un esfuerzo proactivo consistente en, primero identificar al emisor correcto entre el ruido y, segundo, interpretar sus palabras, puede inferir que, a pesar del cuento de hadas en el que vive la entidad rojilla, la convivencia podría no haber sido tan placentera como cabría esperar en Zurita 21. Sin embargo, lejos de explotar por ningún sitio, la temporada no podría haber resultado más satisfactoria. Es difícil imaginar esperpentos como la dimisión en diferido de Jota Cuspinera en el Basket Zaragoza de Pep Cargol.

Los focos son para Porfi y sus jugadores, que se los han ganado. Cargol, incluso, llamado por Aragón Radio después de la hazaña de Vitoria, no dudó en pasar el teléfono de improviso al presidente, Reynaldo Benito, que dio la impresión de que ni siquiera sabía que estaba hablando en directo cuando saludóSiempre en un segundo plano, especialmente cuando han venido bien dadas.

En su primer año en el cargo, Pep Cargol, el Cuervo de los Tres Ojos, se ha mostrado más que capacitado para sobrevivir en el Juego de Tronos de la ACB. Parece tranquilo, constreñido por una silla de ruedas presupuestaria que no le debería dejar andar, pero sin embargo… (guiño, guiño).

Derecho a soñar

En esas pequeñas identidades sociales que cada uno de nosotros asumimos a lo largo de nuestra vida, yo me precio de ser en varios grupos, entre otras cosas seguramente, “el del basket”. Ese al que, cuando sucede una noticia relevante en el mundo de la canasta, se tiende a acudir para comentarla o congratularse. Para compartir alegrías o confortar penas. Seguro que muchos de los potenciales lectores de este texto juegan ese pequeño rol en un grupo u otro, ya sea con los compañeros de trabajo, con la gente del gimnasio o con los colegas de toda la vida. Es un rasgo identitario evidentemente positivo y, particularmente, lo encuentro tremendamente halagador. No se me ocurre mejor motivo para ser interpelado, mejor pretexto para que alguien se acuerde de ti.

También es probable que hoy lunes, más allá de la vorágine electoral, para muchos haya sido día de poner en contexto lo logrado por el Tecnyconta Zaragoza. De explicar porqué es tan increíble que la capital aragonesa, hace no tanto potencia en esto de la canasta y el balón naranja, se haya clasificado para el Playoff de la ACB. Desde fuera, si se ha sido totalmente ajeno a lo ocurrido durante los últimos cinco años, puede resultar difícil de comprender. Especialmente si se mira desde la óptica maniquea en la que todo lo que no sea ganar es perder, por desgracia la visión mayoritaria en el deporte mainstream. ¿Tiene sentido jugar el Playoff si lo más probable es que Baskonia consiga un 2-0 en la eliminatoria?

Sí, claro. Lo tiene. Y todo se reduce a uno de los mejores conceptos forjados en el mundo del deporte recientemente: el derecho a soñar.

El derecho a soñar fue acuñado por el eterno José Luis Abós durante la temporada 2012/13. Con él, el genial coach zaragozano sintetizaba a la perfección el cuento de hadas que protagonizó el entonces CAI Zaragoza durante aquel curso inolvidable. La historia de un equipo pequeño que se atrevió a ser grande, convirtiéndose en el mejor club de baloncesto de España sólo por detrás de las inalcanzables potencias futboleras. Paso a paso. Refrendando en la pista la ambición más loca que se pudiera tener.

Sobre todo, porque la grandeza del concepto radicaba en su condición no intrínseca. Es decir, el derecho a soñar, para disfrutarlo, antes hay que ganárselo. Primero haces un buen trabajo y luego, ya si eso, intentas lo imposible. El opuesto al cuento de la lechera, de los castillos en el aire que algunos tienden a confundir con ambición. Se trata de la muestra más clara y tangible de la genialidad que acompañó al coach zaragozano durante su trayectoria. La cuadratura del círculo en el que humildad y anhelo van de la mano, sin resultar impostados o antónimos por definición.

Desde entonces, el derecho a soñar resume en pocas palabras la base ética de un equipo de leyenda, que no le dio tiempo a conseguir ningún título pero que caló en la afición rojilla como pocos. Por primera vez, el club aragonés poseía un ethos identificable. Sabía quién era, lo qué quería y cómo iba a conseguirlo. Es evidente que todo aquello terminó de manera abrupta y perder a un buen equipo de baloncesto fue, de lejos, lo menos importante. El derecho a soñar quedó como el motto de una etapa feliz, concreta y cerrada. En muchos aspectos irrepetible. Hasta ahora.

Varios son los partidos trascendentes que ha jugado Basket Zaragoza en este periodo de tiempo. Sin embargo, fue ante Baxi Manresa, en un partido a vida o muerte por jugar el Playoff, cuando los Inchas Lleons decidieron recibir al equipo con un tifo en el que, bajo la silueta de un aficionado tocando el bombo, se podía leer claramente una frase: “derecho a soñar”. Parece evidente que, en representación de los Inchas, la afición reconoce al actual Tecnyconta como el hijo de aquel CAI Zaragoza que logró codearse con la élite de la ACB actuando bajo su propio código de conducta.

El Basket Zaragoza de Pep Cargol y Porfirio Fisac comparte varios de los valores que se perdieron durante los años oscuros del club. Es humilde, consciente de sus limitaciones, y sin embargo, trabaja para superarlas. Primero aseguró la permanencia, después celebró jugar en Europa y, finalmente, logró el asalto a la sexta plaza. Además, no se conforma. Cuando Fran Vázquez se lesionó, fichó a Latavious Williams en lo que ya era abiertamente un sprint por jugar postemporada. Se trata de un equipo eminentemente imperfecto, al que durante las últimas jornadas le pudo el vértigo en momentos concretos, pero que aún así se levantó y, el día decisivo, no falló. Sin brillo y con dudas evidentes, pero que cuando se vio acorralado miró a sus fantasmas a los ojos y les clavó tres triples consecutivos en la cara.

Después de mucho tiempo, da la sensación de que el Tecnyconta tiene clara cuál es su identidad. Lo reflejó Fisac en rueda de prensa, cuando se emocionó recordando la figura de Abós. “Para mi es un orgullo que me comparen con un sólo dedo de la figura de José Luis”, dijo el coach segoviano con una retórica muy propia de él. También Cargol, auténtico Cuervo de los Tres Ojos del club aragonés, aludió al derecho a soñar en su tuit post partido. Los jugadores, sin saberlo, lo escenificaron en el parqué, con una foto colectiva en el centro de la pista que ilustra la unión de un grupo único, que pudo haberse dejado llevar hace mucho pero que optó por alargar su temporada un poquito más y que sale tremendamente revalorizado de cara a la próxima temporada.

La Zaragoza baloncestista ha recuperado Europa y los Playoff de la ACB. Pero, sobre todo, ha recuperado la ilusión y el orgullo. Por eso, más de 10.000 personas se dieron cita en el Príncipe Felipe sin necesidad de que el Real Madrid estuviese en el cartel. Por eso, a los que los amigos nos mandan un Whatsapp cuando el equipo lo hace bien, estamos hoy tan contentos. Seguramente no vayamos a ganar la Liga como el TDK en el ’98, pero hemos recuperado el derecho a soñar.

 

El año de la reconciliación

Cuando Basket Zaragoza nació en 2002, yo iba a clases de verano para aprobar el bachillerato de Ciencias de la Salud en la convocatoria de septiembre. Ahora escribo estas líneas desde Inglaterra, donde trabajo como traductor de inglés. Por el camino, aprobé la selectividad de Ciencias y me inscribí en Derecho. Lo dejé. Me apunté a Periodismo y me lo saqué yendo a septiembre sólo una vez. Trabajé de periodista. Emigré. Volví a Zaragoza. Trabajé en un Burger King. Lo dejé. Encontré un trabajo en el que pensaba jubilarme. Me volví a ir.

Con esto no solo quiero ilustrar el puto desastre que soy, sino el hecho de que a lo largo de mi vida han habido pocas constantes y todavía menos certezas. Prácticamente solo una: si al CAI Zaragoza -ahora Tecnyconta- se le daba la oportunidad, la iba a cagar. Con los rojillos, apostar a derrota en un partido a vida o muerte era siempre la opción más segura.

Así lo aprendí a lo largo de los años. Granada 2004, Murcia 2005, León 2006 y 2007, el triple de Javi Salgado y el fatídico partido contra Murcia en 2009, Besiktas en Huesca 2014, Gran Canaria por el Playoff en 2015, Estudiantes 2017… Y alguno más que me dejaré, claro. Incluso la única final que ha jugado el club, excluyendo Copas Príncipes, la Supercopa de 2008, se perdió por un punto. En ciclos positivos y negativos, con entrenadores de leyenda -¡eterno José Luis Abós!- o con auténticos mastuerzos, si el club se la jugaba a un partido, adiós muy buenas.

Sin embargo, al mismo tiempo que yo daba tumbos en lo personal y lo profesional, también lo hacía el club. El Basket Zaragoza del presente nada tiene que ver con el del pasado, porque la vida pasa para todos. De los Lakers de la LEB y el puto dinero de Plasencia a la entidad al borde de la quiebra económica del presente mucho ha cambiado, y no solo en la cuenta corriente.

Varias han sido las reencarnaciones vividas a lo largo de estos años en el plano identitario. Resumiendo mucho: club novel, pupas eterno, nuevo rico en ACB, redención desde la LEB, mejor club de baloncesto de España en 2013, entidad abrumada y, finalmente, equipo revelación de la Liga. Multitud de personalidades y momentos vitales diferentes que, muchas veces, nada tienen que ver unos con otros.

Sin embargo, por mucho que el club y yo hayamos podido cambiar en este tiempo, nuestra relación de confianza siempre ha estado dañada. A la hora de la verdad, yo siempre he preferido que no hubiese hora de la verdad. Que, a diferencia de mis días como estudiante de bachillerato de Ciencias de la Salud, los deberes estuviesen hechos antes de septiembre. Hasta ahora.

La temporada 2018/19 es la de la reconciliación definitiva. Muchos son los esquemas mentales rotos este curso por parte del equipo de Porfirio Fisac. La mayoría de ellos, sin una explicación sencilla al respecto. En el baloncesto moderno, todavía se puede ganar sin amenaza de tres. En el contexto económico actual, se puede luchar por jugar el Playoff con el tercer presupuesto más bajo de la categoría.

Al cierre de estas líneas, Manresa ha perdido en su derbi contra Joventut y se perfila como el rival más débil del pelotón que pugna por un sitio en la postemporada. Manresa; el club del infame 58-42. El equipo de la técnica a Jelovac en el más difícil todavía a la hora de perder un partido de baloncesto. Rival en LEB y ACB. Competidor directo por el título simbólico de conjunto sorpresa de la temporada. Manresa, el único de todos los equipos que pugnan por un sitio en la postemporada contra el que el Tecnyconta todavía debe de jugar y, por ello, mi elección predilecta.

Porque este año creo, quizá por primera vez. Desde luego, por primera vez desde 2013. Esta es la temporada en la que, en un partido apretado, no juego a defender. No. Pido la última posesión para dársela Stan Okoye. Actualmente, el equipo depende de sí mismo para lograr el sueño del Playoff y es una noticia sensacional. No porque Manresa no le pueda ganar, que en esta Liga loca cualquier resultado es posible, sino por la confianza que trasmite el grupo de locos irreductibles que ha montado Fisac a su alrededor. Zaragoza nunca se rinde ya no es un lema vacío. No con este Tecnyconta.

Lo que cuenta es el final

El final anticlimático es complicado de digerir y rara vez funciona en el espectador. Por una predisposición natural, las personas están preparadas para una estructura aristotélica de tres actos en la que la presentación y nudo lleven a un desenlace satisfactorio y, en cierta medida, anticipable. Por ello, cuando el guión mata la gran apoteosis final, la sensación es extraña y difícil de digerir. En cierto modo, el espectador siente que se le ha robado la satisfacción final.

El final anticlimático no debe confundirse con el final trágico, pues puede ser feliz aunque generalmente se percibirá como agridulce. Tampoco se debe equivocar con un final mal escrito, aunque en la mayoría de las ocasiones un mal desenlace también rompa el clímax narrativo de la historia. Probablemente, el final anticlimático más famoso en la historia del cine sea el de ‘No es país para viejos’ (Joel & Ethan Coen, 2007). Otro final anticlimático muy famoso también es el del ‘Baloncesto Fuenlabrada – Tecnyconta Zaragoza’ (Porfirio Fisac, 2019).

Había un anuncio que decía que el baloncesto es el deporte de las emociones y era un buen eslogan. Tan ajustada fue la victoria del conjunto rojillo en Andorra como lo fue en el Fernando Martín. Sin embargo, una nos volvió locos de remate y la otra nos dejó con cara de ¿y ya está?

La culpa es del final, pues tan mal se jugó en uno como en otro campo. De hecho, en el sur de Madrid (o norte de Toledo si tienes amigos Dementes) se vio mucho mejor baloncesto. El primer cuarto del Tecnyconta en Fuenlabrada fue apoteósico. Defensa agresiva en las líneas de pase, circulación de balón en ataque, un acierto inhumano en el aro contrario… Nombra tu estilo de baloncesto favorito que éste fue practicado por los de Fisac en aquellos gloriosos primeros diez minutos. Pero, al final, faltó la emoción y, además, por el camino, Tecnyconta llegó a dilapidar una renta de hasta 23 puntos.

Afortunadamente, el conjunto aragonés este año tiene hasta la suerte del campeón. Con el Instant Replay roto, los colegiados anularon un triple sobre la bocina de EJ Rowland que daba el triunfo al conjunto local. Lo hicieron a simple vista y acertaron, cuando lo fácil hubiese sido pitar a favor del anfitrión. Como también lo hubiese sido, por cierto, en Andorra. En pista se quedó un conjunto madrileño con cara de circunstancias, sin saber muy bien qué estaba ocurriendo. Los aragoneses, con buen criterio, desaparecieron de pantalla y, entiendo, asimilaron la victoria en la intimidad del vestuario. No hubo vuelta al ruedo. Okoye no cruzó el campo el campo para gritarle a una cámara. Nadie tiró un cubo gigante de Gatorade por la espalda de Fisac.

Lo bueno del final anticlimático es que, bien ejecutado, crece en el espectador con el tiempo. Planta una semilla que puede tardar en germinar, pero que acaba ofreciendo una recompensa mayor. No se trata de un producto de consumo rápido. En ‘No es país para viejos’, los Coen no sólo dejaron para la memoria visual del cine un personaje icónico como el Anton Chigurh de Javier Bardén, parodiado en Los Simpsons, auténticos capturados del zeiglist cultural de nuestra generación. Al denegar la redención final, al matar al protagonista fuera de plano, al terminar con un monólogo y no con un tiroteo, los Coen retorcían los pilares fundacionales del western clásico y ofrecían al espectador la visión de que aquel mundo, si alguna vez existió, es cosa del pasado. Es la visión nihilista del los hermanos en su máxima expresión. Algo sobre lo que reflexionar.

Del mismo modo que, tras Fuenlabrada, los aficionados rojillos probablemente bajasen de la nube en la que estaban instalados. Al menos incialmente. La felicidad, el playoff, puede depender de algo tan volátil y fuera de nuestro control como que Rowland hubiese soltado el balón una décima de segundo antes. O, aún peor, que los árbitros, sin el apoyo de la técnica, hubiesen optado por tragarse el silbato ante el delirio fuenlabreño. Nada está garantizado, no si alguna vez nos volvemos a creer que un partido está ganado en el segundo cuarto.

Aunque esta vez se ganó.

Porfi se equivoca

Salió Porfi Fisac a rueda de prensa con el rictus serio, en una estampa sincera aunque probablemente meditada. En su cabeza, era momento de contener la euforia. El núcleo de su intervención era irrefutable: se había perdido el partido. Evidentemente, no le faltaba razón. En un deporte que no admite empates, las victorias morales son algo extraño de reclamar. Sin embargo, con el partido de ida en la memoria, no se puede negar tampoco que no hay dos derrotas iguales. Porque aunque el desenlace sea el mismo, esto es una derrota frente al todopoderoso Barça, no se pueden comparar las sensaciones experimentadas tras la masacre del Palau con lo vivido en el Príncipe Felipe. Simplemente, no es lo mismo. Porque, aunque diga Fisac que a él lo que le da de comer es ganar, se equivoca.

En realidad, a él lo que le da de comer es el aficionado. Especialmente el que acude al pabellón. El que compra merch del equipo en la tienda del club o se pide un refresco en la barra del pasillo. El mismo que no dejó su asiento hasta que no terminó el partido, porque no quería perderse ni un segundo de lo que estaba aconteciendo en pista. También el que lo ve por la tele, claro. El que vio a su equipo perder contra el Barcelona en el partido de la jornada y, sin embargo, seguramente esté deseando, en dos semanas, ir al recinto, para ver si su equipo, el que lleva el nombre de Zaragoza, y juega de rojo como la bandera de la ciudad, consigue esta vez la machada de vencer al Valencia.

Porque todos ellos, durante 40 minutos, creyeron que ganar al Barça, al todopoderoso Fútbol Club Barcelona, era posible. Porque todos ellos creen hoy que su equipo puede jugar el Playoff por el título. A pesar del calendario imposible. A pesar de que se trata, probablemente, del cuarto presupuesto más bajo de la categoría. A pesar de las latosas lesiones y molestias físicas de los jugadores. No importa lo que diga la razón, porque hoy todos ellos creen.

Probablemente, también Porfi crea. Y si él no cree, al menos ha hecho creer a los jugadores, que es más importante. Algo ha cambiado en el vestuario rojillo y, desde fuera, lo sensato parece atribuir el mérito al principal responsable del mismo. Esto es, su entrenador. Porque todos vimos a un conjunto salir ya derrotado a jugar en Murcia, contento con haber logrado el objetivo de la temporada con un tercio de la misma por jugarse. Y todos vimos a ese mismo grupo humano, no mucho después, salir con un hambre voraz a intentar ahuyentar al FC Barcelona desde el salto inicial, con un parcial de 10-0 que le dejó claro a Pesic que, si quería el triunfo en Zaragoza, iba a tener que utilizar a su rotación de gala durante 40 minutos.

El gran José Luis Abós hablaba en su momento del derecho a soñar. Un derecho que, por cierto, no era inherente al hombre. No. Había que ganárselo en la pista. Primero probabas tu valía y luego, ya si eso, te permitías intentar lo imposible. Algo que hizo su CAI y que ahora ha hecho el Tecnyconta Zaragoza. Porfi y los suyos, un equipo de veteranos y jóvenes sin miedo a nada. Un auténtico escuadrón suicida, capaz de alinear un juego interior con Pradilla y Marc Martí para intentar frenar a Ante Tomic y que la jugada no salga mal. Gladiadores heridos, que debían turnarse en una bicicleta estática en una esquina del pabellón a fin de evitar el dolor y poder volver a batallar ante colosos que probablemente les tripliquen el sueldo.

Por eso Porfi se equivoca. Porque hay veces que, aunque se pierda, también se gana. Y en su caso, él y su equipo de locos que conquistan imposibles se han ganado a la marea roja para siempre. No importa lo que diga el resultado final.

Álex Suárez; el (pen)último tren

Jugador de formación local, de 2,06 metros de altura y buena mano. Sobre el papel, Álex Suárez lo tiene todo para hacer carrera profesional en el mundo del baloncesto. Sin embargo, el ala-pívot proyecta la sensación contraria. Todavía tiene 24 años y mucho margen de mejora. Claro, que la pregunta es; ¿tendrá más oportunidades? Después de un año ocupando el fondo del banquillo del Real Madrid, Zaragoza debía se el lugar en el que se reencontrase con el baloncesto. Sin embargo, terminó la temporada en la lista de jugadores inactivos. Sobre el papel, por lesión, aunque lo cierto es que ya nadie le esperaba en el parqué.

Suárez llegó a la capital aragonesa como una apuesta personal de Salva Guardia. El (ex) director técnico del club había sido su agente previamente, el encargado de moverle por los distintos equipos en los que ha militado desde que salió del Joventut en 2015. Y al parecer, creía fuertemente en el proyecto. Tanto como para poner parte de su reputación en sus manos al ficharle para completar la posición de ‘cuatro’ junto a Nikola Dragovic, a priori un jugador de similares características. Incluso, en su presentación, llegó a hablar de que podía jugar de ‘tres’. Curiosamente, la única vez que ambos compartieron pista, fue el serbio el que ejerció de alero.

Llegó el de Mahón, decíamos, con la necesidad de reivindicarse como jugador de nivel ACB. Algo más que un cupo cuyo valor radica en la nacionalidad de su pasaporte. No lo había logrado dos temporadas antes en Bilbao, equipo en el que fue perdiendo protagonismo progresivamente hasta convertirse en residual. Una dinámica que, lamentablemente, ha calcado en Zaragoza.

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La estadística comparada entre ambas temporadas demuestra una ligera mejora en sus números. Tan ligera, sin embargo, en un jugador tan joven, y con dos años de diferencia entre una y otra, se puede considerar un síntoma de estancamiento.

Llama poderosamente la atención, eso sí, es 40,8% de acierto en lanzamientos triples. Guarismos muy elevados, especialmente para un hombre grande. Esto se debe, en gran parte, al uso que de Álex Suárez se ha hecho en Tecnyconta. Especialmente mientras Jota Cuspinera estuvo ocupando el banquillo de la entidad zaragozana. En fase ofensiva, el ala-pívot ha sido un especialista. El clásico jugador de raza blanca, tirador, que decía Andrés Montes, que se coloca en una esquina para, con su amenaza, abrir el campo y anotar de tres si el balón llega a sus manos.

De hecho, el dato es obsceno. En total, Suárez ha intentado 76 lanzamientos triples, de los que ha convertido 31. Por contra, el balear solo ha realizado 24 tiros de dos puntos, anotando 11. Su juego no puede quedar mejor retratado.

Valorándolo como especialista, es bueno. Bueno, pero no élite. Por poner un ejemplo cercano, en su mejor temporada, Chad Toppert firmó un 53,4% de acierto (51/96) desde más allá del arco de 6,75). Aquel alero de Albuquerque, de juego unidensional, sí que era élite de la Liga. De hecho, en cuanto bajó sus porcentajes, 35,3% (35/99) en su última temporada, puso rumbo a Alemania para no volver. Por tanto: ¿puede justificar Suárez su lugar en una plantilla ACB gracias a su buena muñeca? La respuesta parece negativa.

Por ello, desde el banquillo del Tecnyconta siempre se le pidió más. Al menos, que ayudase a cargar el rebote ofensivo y que, en defensa, se aplicase para ponerle la vida complicada a su par. Empezó la temporada con buenos registros reboteadores e incluso fue llamado por la selección española absoluta para cubrir la baja por lesión de Pablo Aguilar. Sin embargo, conforme su presencia en pista se fue reduciendo, y debido a lo alejado del aro que siempre ha estado, poco a poco empeoró sus números hasta verse superado por todos sus compañeros en el juego interior.

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Por otro lado, cuantificar la defensa siempre es más complicado. Y, aunque no sobre su cabeza no pese la etiqueta de agujero negro, tampoco se trata de un aspecto del juego en el que haya logrado impactar.

De hecho, en líneas generales, el paso de Álex Suárez por la capital aragonesa difícilmente será recordado. ¿Será esta su última experiencia en ACB? Debido a la coyuntura actual, con escasez de jugadores de formación local solventes, y con los equipos de la parte baja ajustando su presupuesto al máximo, parece más que posible que el ala-pívot consiga acomodo en alguna plantilla de la parte baja de la Liga. Desde luego, su ambición de jugar con el Real Madrid, club por el que fichó en 2015, parece totalmente fuera de su alcance. El resto, dependerá exclusivamente de él.

Nota: 2/10

Nikola Dragovic; dientes de sierra

De MVP de la jornada 15 a jugador descartado durante las últimas y trascendentales fechas de la Liga Endesa. Oficialmente, debido a una lesión de espalda. Extraoficialmente, por su falta de implicación, la cual fue escenificada mediante una actuación infame frente a Betis en el Príncipe Felipe, así como por su mala conexión con el cuerpo técnico. El periplo profesional de Nikola Dragovic en Zaragoza ha sido extremo, aunque queda notablemente marcado por su presencia fuera de la escuadra cuando el equipo aragonés se jugaba su ser o no ser. Valorar su paso y aportación al Tecnyconta Zaragoza 2017/18 es, quizá, una de las tareas más complicadas.

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Aunque suene a juego de palabras barato, si ha habido una constante en el rendimiento de Dragovic con el uniforme rojillo ha sido la inconstancia. Si tomamos la valoración como un medidor fiable para cuantificar el rendimiento de un jugador en un partido, la gráfica repleta de dientes de sierra muestra como el de Montenegro ha sido capaz de alternar actuaciones sobresalientes, no en vano es el jugador que más dobles-dobles ha firmado esta temporada en el Tecnyconta, con un total de tres, con otras en la que ha pasado desapercibido.

Así se observa en sus promedios finales. El de Montenegro abandona la entidad zaragozana con 8 puntos, 5,1 rebotes y 8,5 de valoración por partido. Números aceptables, aunque lejos del notable. De hecho, si comparamos el PER de aquellos jugadores rojillos que han jugado más de 20 partidos, promediando al menos 15 minutos por partido, podemos observar que Dragovic queda en mitad de tabla. Lejos, quizá, del peso específico que se podía esperar del que ha sido, sin duda, el líder del equipo durante algunos partidos.

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Durante la temporada, de él se dijo que era el auténtico termómetro del equipo. El jugador sobre el que calibrar las posibilidades de victoria del equipo rojillo. Si él estaba bien, el equipo podía ganar. En parte, también, por ser el único ala-pívot fiable tras el fiasco que supuso Álex Suárez como relevo.

Lo cierto es que si comparamos su rating ofensivo, esto es puntos logrados por el equipo por cada 100 posesiones cuando el jugador está en pista, y su rating defensivo, puntos encajados por el equipo por cada 100 posesiones cuando el jugador está en pista, podemos observar que Dragovic es el jugador que se encuentra más cercano a la media del equipo. Aunque, evidentemente, hay que añadir un contexto a las cifras ya que, por ejemplo, el jugador formado en UCLA posee mejores guarismos defensivos, aunque es importante recordar su no participación en el tramo final de la temporada, partidos que fueron un auténtico festín anotador en contra del Tecnyconta Zaragoza.

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Estadísticamente, llama profundamente la atención el poderío mostrado en el rebote defensivo. Parece plausible que, el haber estado en un equipo sin grandes ‘cincos’ reboteadores ha jugado en su favor, pero aún así sus números son impresionantes. Tanto que, incluso, llegó a liderar la Liga en esta faceta durante algunas jornadas.

Es, por supuesto, el jugador de Tecnyconta que más rechaces ha atrapado en aro propio, por delante de todos los pívtos e interiores que han jugado en el equipo. Además, sus 4 capturas en defensa por partido le sitúan como el tercer ala-pívot de la competición, solo por detrás de Deon Thompson (4,7) y O.D. Anosike (4,1).

Pero más allá de los números o del impacto logrado a lo largo de la temporada, que es importante, parece evidente que el hecho que marca el paso de Dragovic por el Tecnyconta Zaragoza es su desconexión total del equipo durante el tramo final de la temporada. Según la versión oficial, el jugador se perdió las tres últimas jornadas de Liga por lesión. Extraoficialmente, y según informaciones publicadas por periodistas que siguen el día a día del equipo, la mala sintonía del entrenador Pep Cargol y el jugador fue más determinante para la ausencia de este último que las molestias físicas.

Lo cierto es que, antes de que el ala-pívot pasase a engrosar la lista de jugadores inactivos, su pérdida de protagonismo había sido evidente. Especialmente tras la llegada de Milko Bjelica, quien asumió un papel protagonista en el juego interior desde su llegada al club en la jornada 29.

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De hecho, según se puede observar en la gráfica, durante las jornadas 29 y 30, Dragovic prácticamente acapara la totalidad de minutos en los que Bjelica descansa. Aunque, poco a poco, otras opciones de juego interior, especialmente después de la incorporación de De Jong tras lesión, van ganando peso.

Fuera del cuadro estadístico, el partido en casa frente a Betis, que supuso una victoria trascendental para los aragoneses, parece el verdadero punto de no retorno para el serbio como integrante de la disciplina zaragozana. En total, el ala-pívot estuvo 7 minutos en pista (0 puntos, 2 rebotes y -2 de valoración). Siete minutos de pura apatía, una imagen bochornosa, en un partido crucial, que seguramente debieron suponer la gota que colmó el vaso de la paciencia de Cargol.

Aún así, el ‘cuatro’ tuvo una oportunidad más; frente a Burgos. En el Coliseum, Dragovic jugó algo más de 9 minutos, en los que produjo 0 puntos, 3 rebotes y -2 de valoración. Ese sería, ya sí, su último partido con el león en el pecho, perdiéndose la trascendental victoria en Málaga una semana después.

¿Pudo haberse anticipado un final así? Lo cierto es que la conducta humana es difícil de predecir, y tampoco es correcto juzgar a nadie por errores pasados. Sin embargo, llama la atención que el propio jugador ya fuese apartado de su anterior equipo por problemas de ego. Así, durante el curso 2016/17, Dragovic fue cortado por el ASVEL antes del Playoff por, según palabras de Tony Parker, presidente de la entidad, no respetar al cuerpo técnico. Un precedente que, quizá, debió tener más peso a la hora de su contratación como jugador del Tecnyconta.

Con todo en la mesa, una valoración ligera al paso de Nikola Dragovic por la capita aragonesa sería, como poco, atrevida. Es cierto tan cierto que el serbio jugó un papel protagonista durante gran parte de la temporada, y la consecución de ocho victorias, como que si Bjelica y Rey no hubiesen llegado nunca a la capital aragonesa, a costa de los minutos del de UCLA, el equipo no hubiese podido lograr la salvación. Luces y sombras en la figura de uno de los jugadores más controvertidos del Tecnyconta 2017/18.

Nota: 4/10