La leyenda de Neil Marshall

Publicado originariamente en Panenka

 

Probablemente no te suene su nombre, pero Neil Marshall es una auténtica leyenda en la pictórica ciudad de Lancaster. Famosa por su castillo del siglo XIII y el particular encanto de sus empinadas calles adoquinadas, la localidad que ofrece su nombre al histórico condado de Lancashire, quizá la región más prolífica en lo que a fútbol se refiere, no ha logrado trascender en el contexto balompédico como sus vecinas BlackpoolPreston o, incluso, Morecambe, la cual formalmente forma parte de la llamada ‘City of Lancaster’. Sin embargo, eso no es óbice para que el club local, el Lancaster City, fundado en 1911, despierte las pasiones de aquellos vecinos que prefieren verse seducidos por la romántica idea del ‘Non-League football’.

Así me lo explicó una vez su presidente, Stuart Houghton, en la previa de un partido fuera de casa contra el Mossley AFC. En su caso, galés y aficionado al Liverpool FC, el Lancaster era la forma de integrarse y, a su vez fomentar, la comunidad local. Hasta tal punto que hacía varios años que no sentía la necesidad de acudir a Anfield Road. “¿Dónde más puedes tomarte una cerveza después del partido con ambos equipos y los aficionados desplazados?”, me dijo.

La intra historia de cómo acabé en aquel partido es curiosa y ejemplifica el carácter acogedor y familiar del City. Por medio de un conocido, el periódico local, el Lancaster Guardian, se puso en contacto conmigo para ofrecerme cubrir el partido. Pero, al no tener medio de locomoción propio, accedieron a que me desplazara hasta Mossley, al norte de Mánchester, en el autobús del club. Se trataba de una expedición pintoresca, con equipo, directivos, todos ellos ataviados con el reglamentario traje y la corbata con los colores de los Dolly Blues, aficionados y prensa -yo- viajando juntos y compartiendo sándwiches del Tesco. Fútbol semi-amateur en estado puro, cercano y profesional al mismo tiempo.

Evidentemente, situaciones como esta, o parecidas, se pueden dar cada fin de semana en los miles de clubes que conforman la interminable pirámide del fútbol inglés. Sin embargo, aunque el Lancaster pueda ser un equipo más, posee una leyenda que merece ser contada.

Neil Marshall era un chico local, nacido y criado a pocos metros de Giant Axe, el hogar de los Dolly Blues. Se trata de un pequeño estadio situado en la falda del icónico castillo, compuesto de gradas de chapa y con olor a ‘pie’ recién horneado procedente de la cantina, epítome de lo que a este lado de Europa solemos entender como campo británico. Marshall era alto, fuerte y duro, lo que al otro lado del Canal de la Mancha a veces traducen como delantero centro. Desde niño destacó por su pasión por el juego, lo que le granjeó una prueba con el Blackpool. Sin embargo, el destino quiso que capitaneara el club de su ciudad local.

Fontanero de profesión, Marshall progresivamente fue reconvirtiendo su posición a defensa central. Acumuló más de 400 partidos en diez años con la camiseta azul del Lancaster, lo que le granjeó un reconocimiento por parte del club en forma de pancarta en uno de los fondos de Giant Axe. Dicen que nunca le faltaron ofertas de otros equipos de la zona para saltar a categorías superiores, el City actualmente se encuentra en el octavo nivel de la pirámide inglesa, sin embargo, ‘El Capitano’, una vez desechado el fútbol como salida profesional, decidió permanecer fiel al equipo de su ciudad.

Retrotraigámonos ahora al 21 de enero de 2016. Marshall, aquejado de un complejo cáncer de piel con el que llevaba cinco años batallando, anunció su retirada del fútbol tras conocer que su enfermedad sería incurable. Su carta de despedida, publicada en el Guardian, no puede ser más esclarecedora. “Después de diez años esforzándome en entrenar y jugar, de pasar todos los martes, jueves y sábados fuera de casa, ha llegado el momento de dedicar todo mi tiempo a mi familia”, decía. Padre de dos hijos de corta edad, la decisión no podía ser más comprensible.

Sin embargo, ‘Marshy’, como era apodado en el vestuario, decidía reservarse un último rodeo. A pesar de las molestias y su previsible deterioro físico, terminaría la temporada en curso con los Dolly Blues.

Durante el curso, el Lancaster consiguió alcanzar la final de copa organizada por la Lancashire FA,que tuvo lugar el impresionante Macron Stadium, hogar del Bolton. El rival, el Chorley FC, un histórico conjunto de la zona, fue fundado en 1883, que actualmente se encuentra dos divisiones por encima de los azules, pero cuyas pretensiones pasan por regresar al escalón inferior al fútbol profesional. A pesar del favoritismo de los ‘magpies’, el City logró adelantarse en el marcador en dos ocasiones. Lamentablemente, como bien sabemos en este texto, los finales felices raramente son la norma en la vida real y, después del tiempo reglamentario, el Chorley logró hacerse con el trofeo en la tanda de penaltis.

Marshall logró finalizar su última temporada con el Lancaster City sin problemas. Al término de la misma, el club le organizó un partido homenaje contra un combinado de veteranos del Liverpool FC, su equipo de la infancia. La relación de ‘El Capitano’ con sus héroes se extendería por un partido más, cuando la fundación de Jamie Carragher le invitó a jugar un partido benéfico entre leyendas del Liverpool y aficionados. En declaraciones a Liverpool Echo, Marshall relató la experiencia: “Tenía a Carra a un lado y a Fowler gritándome ‘Marshy’ al frente. A cualquiera que se lo cuentes no se lo creería”.

Aquel partido se celebró el pasado ocho de mayo y, lamentablemente, Marshall falleció el 16 de noviembre, con solo 31 años de edad. Esta es una historia triste, pero también una de las mayores declaraciones de amor al fútbol jamás realizadas. Quizá sea la primera vez que oigas su nombre, pero Neil Marshall ya es una leyenda, y no solo en Lancaster.

“Better go to Manchester”, an approach to Preston’s Live Music Scene

Publicado originalmente en Senses Mag

September 2015. A foreign student arrives to Preston for a new academic year. Completely lost in an alien environment, the innocent newbie asks to Dave – the Bed & Breakfast’s reception guy where he is staying, about a place to enjoy some live tunes and drink something. No matter what – either music style and drink type, as long as its contains alcohol. The answer was as graphic as hopeless; “if you want live music, better go to Manchester”.

Well, Manchester is a worldwide music mecca. So, clearly, the reception guy had a point. But, what about the Lancashire’s capital?

On a first approaching, music venues scene in Preston doesn’t look as dramatic as Dave’s view could suggest. Has seen Preston music scene better days? Yes, of course. During the 70’s and the 80’s, such a relevant and iconic bands like Joy Division or Led Zeppelin played in the town. But it’s also truth that the whole music world has seen better days. So, talking about the present, there still a few pubs and clubs struggling to offer a place to go an enjoy while a band is doing their thing at the stage. And they deserve a go.

Obviously, or maybe not so obvious, who knows, there isn’t any massive venue on the city to host the biggest names in the industry. So yes, if you are only interesting in big bands or some Lady Gaga alike showbiz product, better go to Manchester. Or even London, actually.

The biggest venues in Preston are the Guild Hall, at Lancaster Road, and 53 Degrees, in Brook Street, with a capacity of 2,034 and 1,500 respectively. In fact, maybe not enough to hosts mid-size bands nowadays. This could be the reason why both of them have been threatened to close doors recently. The Guild Hall was sold to a local investor by 1 pound by the Preston City Council about one year ago. Meanwhile, 53 Degrees – which depends of the UCLAN’s Student Union, reconsidered it’s original decision of closure after a last-minute deal with HD Concerts, a gig promotion company.

Ben Latham, Student Union President at that time, explained the close down option this way: “Like many students’ unions, civic and high street venues; 53 Degrees faces the challenge of changing leisure habits and student demographics, developments in the music industry and the recent recession”.

Probably, young people is not as much interested as used to be in live music. Or, at least, they select more where and when they attend to a gig. Only four years ago, an article published on ‘Preston blog’shortlisted four music venues of what it described as a “vibrant and diverse scene”. Nowadays, only one of them, The Ferret, located in 55 Flyde Road, still open and celebrating gigs regularly. An authentic local institution, its small capacity creates an intimate atmosphere being the place to be in Preston for sure.

Fortunately, The Ferret it’s not alone on its mission of fulfill Preston’s nights with live music. The Continental, in South Meadow Lane, offers a wide range of gigs every weekend, being a great option for those ones which still searching for some fun while a band is playing. Also, nightclub Blitz, has re-opened in Church Row after its first localization was demolished during the past year.

Summarizing, The Ferret, The Continental and Blitz, are the three wheels of Preston’s live music scene tricycle.

Just in case someone is wondering about what happened with that lost student who wanted to know about. Well, he headed to Deepdale and watched North End being beated by Derby County, 1-2. Then he decided to investigate by his own.

Marzo

Son las 22.30 pasadas y mi casa parece una casa fantasma. La quietud y el silencio son extremos, sobre todo si se tiene en cuenta que aquí conviven hasta siete personas. Algunos puede que estén trabajando todavía. O fuera por otro motivos, claro. Otros, supongo, estarán encerrados en sus cuartos. La verdad es que no lo sé. Hoy se cumple una semana exacta desde que me mudé y apenas recuerdo el nombre de un par de mis compañeros. De hecho, a uno lo conocí este lunes. Esto es, hemos estado compartiendo techo durante seis días y ni siquiera nos habíamos visto. Asunto extraño éste, que en una ciudad mastodóntica como Londres, al parecer, pasa a ser normal. Casi rutinario. La verdad, supongo que él ni se habrá parado a pensar sobre éste, para mi, casi escalofriante hecho.

Escribo estas líneas desde la cocina, la única zona común de la casa. Mi habitación es la más pequeña, y la más barata, aunque la verdadera razón por la que me encuentro sentado junto al microondas es la televisión. A pesar de ser de aquello que popularmente se conoce como marca del pato, Technika concretamente, posee una imagen realmente nítida, incluso con un más que aceptable HD. Se trata de un receptor común, aunque apenas nadie lo usa salvo como compañía a la hora de ingerir alimentos -el verbo comer implica ciertos matices que en muchas ocasiones no son aplicados-. Entiendo que entra dentro de la rutina londinense; el tiempo para ver la televisión, simplemente, no existe. Se suprime por, no sé, por ejemplo, andar por el metro como si estuvieras corriendo en los San Fermines.

Durante los primeros tres días en esta casa, creo que yo ni encendí la TV. Estaba bastante ocupado, por otra parte. Sin embargo, el fin de semana, más tranquilo, descubrí que, además de los canales rutinarios, el equivalente a la TDT, poseía además un cierto servicio de pago. En concreto, en lo que a mi me interesa, BT Sport y ESPN. Joder, juro que se me abrió el cielo en ese momento. Tanto que no pude resistirme a comentarlo con un compañero de piso que, de manera apresurada, se estaba preparando un supuesto shandwich en la encimera. “Bah, nunca dan nada bueno”, fue su respuesta.

He estado tan estresado últimamente que apenas he reparado en que estamos en marzo, con todo lo que ello significa. Hablo, por supuesto, de baloncesto universitario. De la NCAA. Del ‘March Madness’. Apenas me he enterado de los resultados de los diferentes torneos de conferencia por Twitter de manera fugaz y todavía no me he leído ninguna gúia sobre el campeonato. ¡Si ni siquiera he rellenado ningún ‘bracket’! Yo, que era totalmente consciente de la alienación a la que te somete vivir en una ciudad tan trepidante como Londres, era totalmente ajeno al evento que más me entretiene durante el tercer mes del año.

Ya son casi las 23.00 y apuro los últimos tragos de una lata de Coca-Cola que me saben a gloria. Hace no mucho he cenado una pizza, congelada sí, pero francamente buena, mientras veía una previa del Gran Baile de 30 minutos de duración. En el momento que escribo esto, Albany está apalizando a Mount St. Mary’s en el primer partido de la ronda previa al torneo, la llamada First Four. Y yo lo estoy viendo por televisión. Y en HD. Con toda la casa para mí. Marzo ha llegado, incluso a Londres.

Una tarde en White Hart Lane

La primera vez que fui a White Hart Lane me di cuenta de lo grande que es Londres de verdad. Pensé que si Frodo hubiese tenido que ir hasta allí a tirar el anillo, y no a Mordor, hubiese necesitado cinco películas para contar su caminata. Por si fuera poco, lo que vi cuando llegué tampoco distó mucho de la guarida de Sauron. No era día de partido, había anochecido y el barrio me pareció, por decirlo de alguna manera, bastante desapacible. No me extrañó, pues, que años antes se hubiesen producido por sus calles las célebres revueltas de 1985. Tampoco me extrañó que, poco después, en 2011, los famosos disturbios que se extendieron por todo el país tuvieran su foco nuevamente allí.

Ahora, visto con perspectiva, lo entiendo todo algo mejor. Aquella primera visita al estadio del Tottenham Hotspur fue en 2009. Una semana antes, los ‘Spurs’ le habían metido nueve al Wigan de Roberto Martínez, por fecharlo con algo más de exactitud. Creo, aunque no estoy seguro, que fue mi segunda visita a la capital británica. Yo por entonces residía en Hastings, al sur del país, donde estaba realizando un curso de inglés. Junto a mi amigo Quike nos propusimos un viaje para visitar los estadios de fútbol de la Premier League. Una idea loca que nos llevó de una extremo a otro de la ciudad. Emirates, Stamford Bridge, Craven Cottage, Upton Park y White Hart Lane. Quizá no en este orden, aunque la casa del Tottenham Hotspur sí que fue el último lugar. Llegar, visitar los alrededores, entrar a la tienda y a por otro. Seguramente, seamos los únicos que, por número de millas recorridas y trenes cogidos, hayamos logrado amortizar una ‘travel day card’. A eso hay que sumar el viaje de ida y vuelta hasta Londres. Así éramos -somos-.

El pasado jueves tuve la oportunidad de regresar al lugar del crimen. Estaba ansioso y me esperaba un largo viaje, así que salí de casa con prontitud. No sé si es que me estoy haciendo a las distancias de aquí, pero el trayecto me resultó corto en esta ocasión. Cercanías en Liverpool St. Station, hasta allí no llega el metro, y en cuatro o cinco paradas estaba en mi destino. Conclusión; a mi llegada estaban todavía montando los típicos puestos en los que se venden bufandas y camisetas contra el Arsenal. Quedaban, aproximadamente, dos horas y media para el saque de centro y, como no sabía bien qué hacer, pregunté en la puerta si ya podía pasar. Miraron mi nombre en la lista y para adentro. A una sala acondicionada con mesas, sillas y dos televisores en la que ya había algunos periodistas trabajando.

Fue mi segunda experiencia laboral en Inglaterra, la primera consistió en cubrir un amistoso del Real Zaragoza en Upton Park. Entonces, por miedo y desconocimiento, apenas vi el partido, temí por la temporada que nos venía encima y me marché del estadio. En esta ocasión, intenté integrarme más en el entorno. No estaba seguro de que fuera a ocurrir, pero a eso de las seis de la tarde trajeron la cena. Esto supone un cambio notable con respecto a trabajar en España. Es verdad que, aquí, en muchos trabajos es costumbre proporcionar el ‘lunch’ a los empleados. También existen los contratos de cero horas, que nadie crea que quiero vender alguna moto sobre lo magnífico de este país, pues se aleja bastante de mi ideal. Lo que entienden aquí por cordero, ojala hubiese sido ternasco, y algo de guarnición fue el menú. El Napoli-Swansea amenizó la espera. Llegaba el partido, así que ‘cafecico’ caliente para combatir el frío y para la zona de prensa.

White Hart Lane es un campo inglés, tal y como nosotros lo entendemos. La grada esta lo más cerca posible del campo y, cuando el fondo sur, donde se sitúan los aficionados más animosos, aquellos que ven todo el partido de pie, se anima, los cimientos llegan a retumbar. Quizá por ser una eliminatoria europea. Quizá porque el Tottenham se vio obligado a levantar un 0-2 en el global, pero el choque tuvo un ambiente magnífico. A mi me tocó estar sentado a escasos metros de la salida de jugadores. Prácticamente, justo detrás de Tim Sherwood. Fui allí pensando en escribir sobre el regreso de Juande Ramos, pero la energía del entrenador local me llevó a dedicarle unas líneas en cuenta (aquí se puede leer). Al parecer, sus métodos están bastante cuestionados por la prensa local. Mi opinión, y ya que es mi página la doy, es que está realizando un gran trabajo mental. En ese sentido, me recuerda al primer Manolo Jiménez al frente del Real Zaragoza. A veces se olvida que en el fútbol no todo es táctica o, incluso, técnica. Ponerle corazón -y confianza- al juego resulta igual de primordial.

En apenas 13 minutos los ‘Spurs’ metieron tres goles y el estadio entró en catarsis. A Adebayor se le pide perdón por los insultos vertidos sobre él cuando era el referente del Arsenal, aunque quizá el jugador que más cánticos recibe es Soldado. Su temporada es mala, su partido fue malo, pero aún así fue agasajado cuando fue sustituido. Saben que por sus botas pasa el reconducir la temporada y tienen paciencia con él. Parece que da sus frutos, pues este domingo marcó el gol de la victoria contra el Cardiff City. Sherwood dijo de él que todavía puede alcanzar los 20 goles esta temporada, casi nada.

Las ruedas de prensa tras el partido no distaron mucho de las que se suelen dar en España. Por parte local se intentó restar incidencia a la desafortunada actuación del colegiado. Y por los visitantes enfatizarla, claro. Juande Ramos dio las explicaciones en castellano, necesitando, por tanto, dos traductores, uno al inglés y otro al ucraniano. Según explicó, lo más complicado para él había sido lidiar con el clima de inestabilidad que se está dando en Ucrania. Algo lógico y normal. Terminadas las comparecencias, camino de regreso que, esta vez sí, resultó más largo y pesado.

Un maldito deja vu

La Whatever Cup es un estorbo. Especialmente, para los equipos considerados grandes. Para aquellos que inician cada campaña con la obligación de pelar por los títulos, la Copa de la Liga solo tiene sentido si la ganas. Pero, al tratarse de un trofeo tan menor, ni en ese caso podría salvar la temporada. Sin ir muy lejos, el Liverpool consiguió alzarla hace dos cursos y nadie consideró que los del Merseyside salieran de su histórica crisis a raíz de ello. En sus eliminatorias, a partido único y sin posibilidad de ‘replay’, hay mucho que perder y poco que ganar.

Así lo dejó ver Cesc Fábregas en una entrevista concedida a ‘The Guardian’ la pasada semana. En un repaso a sus ocho años como ‘gunner’, el ex capitán fechó como uno de sus peores recuerdos la final perdida ante el Birmingham en 2011. El cómo la tiraron por la borda, tras un fallo imperdonable entre Koscielny y Szczesny, y el hecho de que los ‘blues’ terminaran descendiendo, provocaron que el cuadro londinense se desinflara por completo en la carrera por los demás títulos. El golpe fue demasiado duro.

Personalmente, sin embargo, la Whatever Cup posee un pequeño lugar en mi corazón. Y no por ninguna victoria precisamente. Al contrario, por una derrota. Concretamente, Arsenal 0-1 Manchester City. Sin embargo, para mi, aquel encuentro fue especial. Más que nada porque supuso mi primera visita al Emirates. Al interior, claro, que acudir a sus aledaños fue lo primero que hice en mi primera visita a Londres. Lo asequible del precio de las entradas, el que no hubiese excesiva demanda, aunque después el campo estuviese lleno, y el disputarse entre semana, cuestión vital para mi entonces, permitieron que pudiera asistir al choque.

Evidentemente, a pesar de lo decepcionante del resultado, lo pasé bien. Acudí al encuentro con mis amigos Quike y José y cumplimos paso por paso el ritual que la ocasión merecía. Esto es, previa en un pub situado cerca de Holloway Road, de esos en cuya entrada solo permite el acceso a los colores locales, butacas en la célebre North Bank, más civilizada que la relatada por Nick Hornby en su recomendable ‘Fiebre en las gradas’, y post partido comentando la derrota en un pub de Shoreditch.

Sobre el choque en sí, no hay mucho que comentar, pues fue el típico de Whatever Cup. Esto es, el Arsenal saltó al campo repleto de suplentes. Por ejemplo, a Van Persie, por entonces todavía ídolo, solo se le pudo ver por el plasma del video marcador. La dupla atacante, formada por Chamakh y Park, da una fidedigna idea de la alineación dispuesta por Wenger. Por contra, en frente, Mancini salió con bastantes titulares en su once. Entre ellos, Nasri. Fue la primera visita del francés al Emirates tras su fuga, por lo que los abucheos cada vez que tocó el balón fueron altamente audibles. Fue, también, el partido en el que Frimpong, que jugó bastante bien, todo sea dicho, terminó encarándose con él. En líneas generales, los gunners dominaron el encuentro pero -oh sorpresa- no supieron rematar la faena. Desgraciadamente, tras la salida de un córner a favor de los locales, el City, por medio de Agüero y un velocísimo Dzeko, montó una contra que les dio el pase a los visitantes. ¿Suena familiar, no?

Esta noche, conmigo presenciándolo a través del ordenador, el Arsenal recibió al Chelsea en partido de Copa de la Liga. Como mandan los cánones, tanto rojiblancos como azules presentaron sendas alineaciones plagadas de suplentes. En la primera parte, los locales dominaron. Sin embargo, tras botar un córner a favor, facilitaron que el cuadro de Jose Mourinho abriera el marcador con una contra llevada a cabo por Azpilicueta. Para más recochineo, con la colaboración necesaria de Jenkinson y Fabianski. Un maldito deja vu.

Berlín

Berlín, para mi, es el escenario de mis últimas vacaciones de verano. Cuatro días sin tregua ni descanso tras los cuales solo existe una única conclusión: se trata de una ciudad imposible de abarcar. Sea cual sea el prisma a través del que se pretenda observar, la capital germana desborda las expectativas y deja en unos insuficientes 3:4 lo que pretendía ser una vista en 16:9. Incluso cuando la intención es tan humilde como pueda ser visitar lo más típico del lugar. Porque la gracia de Berlín reside en el deseo que genera por profundizar. En sus calles existe fondo y contenido, otearla desde la superficie desde luego no casa con su carácter.

Especialmente, porque desde el punto de vista estético no se trata de una ciudad bonita o acogedora. Totalmente arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, conserva algunos monumentos que, en contexto europeo, no resultan la repanocha y, aunque particularmente la arquitectura sovietica me trasmite un cierto encanto complicado de explicar, hay que reconocer que barriadas repletas de edificios cuadriculados no es lo que se puede calificar como una oda a la belleza.

Siendo una de mis grandes asignaturas pendientes, preparé el viaje con la dedicación que mi por entonces apretada agenda me dejó. Así, en los días previos a tomar el infame Ryanair que me transportó junto a mi amigo Jorge desde Reus hasta Bremen, releí el pasaje de ‘Fútbol contra el enemigo’ dedicado al balompié berlinés durante la época del muro, vi la extremadamente dura ‘Yo Cristina F.’, que aborda el problema de la drogadicción que golpeó la ciudad en los años 80, y me perdí en Internet en busca de reportajes y documentales sobre Tacheles, ya cerrada y de la que apenas pude ver la fachada. Lo del techno lo dejé por imposible, soy incapaz de encontrarle sentido alguno a semejante música.

A pesar de todo, no estaba preparado ni de lejos para lo que se me venía encima. Mi total desconocimiento del alemán, y por consiguiente incapacidad de memorizar cualquier tipo de nombre propio, complicó el asunto. Afortunadamente, la guía de mi amigo Antonio, residente en Braunschweig y que se unió a la expedición tras previo paso por su casa, y un más que recomendable Free Tour en castellano que partía desde la puerta de Brandenburgo, que en algo más de cuatro horas repasó los acontecimientos históricos más relevantes de la ciudad, salvaron la situación.

Junto a mis amigos, en Berlín visité el estadio olímpico, dónde actualmente juega el Hertha, en el que años antes Jesse Owens se atrevió a desafiar al mismísimo Hitler. Presencié un concierto acústico de una banda que no recuerdo en el único museo de los Ramones que existe fuera de Estados Unidos. Anduve durante horas por Kreuzberg en busca de un schnitzel a cinco euros, y cuando lo encontré me comí una hamburguesa de pollo crujiente. Vi una de las escenas más surrealistas de mi vida cuando, tras una extensa escolta policial, apareció un camión con la música electrónica más machacona que se pueda imaginar a todo volumen y, tras de él, una corte de punkis bailando desaforados. Intenté seguir aquel absurdo peregrinaje, pero desistí por clemencia con mis tímpanos. Pasé por la puerta del imponente O2, y le hice una foto, sin imaginar siquiera que algún día el CAI Zaragoza disputaría un partido oficial en él.

Tengo que volver a Berlín.