Derecho a soñar

En esas pequeñas identidades sociales que cada uno de nosotros asumimos a lo largo de nuestra vida, yo me precio de ser en varios grupos, entre otras cosas seguramente, “el del basket”. Ese al que, cuando sucede una noticia relevante en el mundo de la canasta, se tiende a acudir para comentarla o congratularse. Para compartir alegrías o confortar penas. Seguro que muchos de los potenciales lectores de este texto juegan ese pequeño rol en un grupo u otro, ya sea con los compañeros de trabajo, con la gente del gimnasio o con los colegas de toda la vida. Es un rasgo identitario evidentemente positivo y, particularmente, lo encuentro tremendamente halagador. No se me ocurre mejor motivo para ser interpelado, mejor pretexto para que alguien se acuerde de ti.

También es probable que hoy lunes, más allá de la vorágine electoral, para muchos haya sido día de poner en contexto lo logrado por el Tecnyconta Zaragoza. De explicar porqué es tan increíble que la capital aragonesa, hace no tanto potencia en esto de la canasta y el balón naranja, se haya clasificado para el Playoff de la ACB. Desde fuera, si se ha sido totalmente ajeno a lo ocurrido durante los últimos cinco años, puede resultar difícil de comprender. Especialmente si se mira desde la óptica maniquea en la que todo lo que no sea ganar es perder, por desgracia la visión mayoritaria en el deporte mainstream. ¿Tiene sentido jugar el Playoff si lo más probable es que Baskonia consiga un 2-0 en la eliminatoria?

Sí, claro. Lo tiene. Y todo se reduce a uno de los mejores conceptos forjados en el mundo del deporte recientemente: el derecho a soñar.

El derecho a soñar fue acuñado por el eterno José Luis Abós durante la temporada 2012/13. Con él, el genial coach zaragozano sintetizaba a la perfección el cuento de hadas que protagonizó el entonces CAI Zaragoza durante aquel curso inolvidable. La historia de un equipo pequeño que se atrevió a ser grande, convirtiéndose en el mejor club de baloncesto de España sólo por detrás de las inalcanzables potencias futboleras. Paso a paso. Refrendando en la pista la ambición más loca que se pudiera tener.

Sobre todo, porque la grandeza del concepto radicaba en su condición no intrínseca. Es decir, el derecho a soñar, para disfrutarlo, antes hay que ganárselo. Primero haces un buen trabajo y luego, ya si eso, intentas lo imposible. El opuesto al cuento de la lechera, de los castillos en el aire que algunos tienden a confundir con ambición. Se trata de la muestra más clara y tangible de la genialidad que acompañó al coach zaragozano durante su trayectoria. La cuadratura del círculo en el que humildad y anhelo van de la mano, sin resultar impostados o antónimos por definición.

Desde entonces, el derecho a soñar resume en pocas palabras la base ética de un equipo de leyenda, que no le dio tiempo a conseguir ningún título pero que caló en la afición rojilla como pocos. Por primera vez, el club aragonés poseía un ethos identificable. Sabía quién era, lo qué quería y cómo iba a conseguirlo. Es evidente que todo aquello terminó de manera abrupta y perder a un buen equipo de baloncesto fue, de lejos, lo menos importante. El derecho a soñar quedó como el motto de una etapa feliz, concreta y cerrada. En muchos aspectos irrepetible. Hasta ahora.

Varios son los partidos trascendentes que ha jugado Basket Zaragoza en este periodo de tiempo. Sin embargo, fue ante Baxi Manresa, en un partido a vida o muerte por jugar el Playoff, cuando los Inchas Lleons decidieron recibir al equipo con un tifo en el que, bajo la silueta de un aficionado tocando el bombo, se podía leer claramente una frase: “derecho a soñar”. Parece evidente que, en representación de los Inchas, la afición reconoce al actual Tecnyconta como el hijo de aquel CAI Zaragoza que logró codearse con la élite de la ACB actuando bajo su propio código de conducta.

El Basket Zaragoza de Pep Cargol y Porfirio Fisac comparte varios de los valores que se perdieron durante los años oscuros del club. Es humilde, consciente de sus limitaciones, y sin embargo, trabaja para superarlas. Primero aseguró la permanencia, después celebró jugar en Europa y, finalmente, logró el asalto a la sexta plaza. Además, no se conforma. Cuando Fran Vázquez se lesionó, fichó a Latavious Williams en lo que ya era abiertamente un sprint por jugar postemporada. Se trata de un equipo eminentemente imperfecto, al que durante las últimas jornadas le pudo el vértigo en momentos concretos, pero que aún así se levantó y, el día decisivo, no falló. Sin brillo y con dudas evidentes, pero que cuando se vio acorralado miró a sus fantasmas a los ojos y les clavó tres triples consecutivos en la cara.

Después de mucho tiempo, da la sensación de que el Tecnyconta tiene clara cuál es su identidad. Lo reflejó Fisac en rueda de prensa, cuando se emocionó recordando la figura de Abós. “Para mi es un orgullo que me comparen con un sólo dedo de la figura de José Luis”, dijo el coach segoviano con una retórica muy propia de él. También Cargol, auténtico Cuervo de los Tres Ojos del club aragonés, aludió al derecho a soñar en su tuit post partido. Los jugadores, sin saberlo, lo escenificaron en el parqué, con una foto colectiva en el centro de la pista que ilustra la unión de un grupo único, que pudo haberse dejado llevar hace mucho pero que optó por alargar su temporada un poquito más y que sale tremendamente revalorizado de cara a la próxima temporada.

La Zaragoza baloncestista ha recuperado Europa y los Playoff de la ACB. Pero, sobre todo, ha recuperado la ilusión y el orgullo. Por eso, más de 10.000 personas se dieron cita en el Príncipe Felipe sin necesidad de que el Real Madrid estuviese en el cartel. Por eso, a los que los amigos nos mandan un Whatsapp cuando el equipo lo hace bien, estamos hoy tan contentos. Seguramente no vayamos a ganar la Liga como el TDK en el ’98, pero hemos recuperado el derecho a soñar.

 

El año de la reconciliación

Cuando Basket Zaragoza nació en 2002, yo iba a clases de verano para aprobar el bachillerato de Ciencias de la Salud en la convocatoria de septiembre. Ahora escribo estas líneas desde Inglaterra, donde trabajo como traductor de inglés. Por el camino, aprobé la selectividad de Ciencias y me inscribí en Derecho. Lo dejé. Me apunté a Periodismo y me lo saqué yendo a septiembre sólo una vez. Trabajé de periodista. Emigré. Volví a Zaragoza. Trabajé en un Burger King. Lo dejé. Encontré un trabajo en el que pensaba jubilarme. Me volví a ir.

Con esto no solo quiero ilustrar el puto desastre que soy, sino el hecho de que a lo largo de mi vida han habido pocas constantes y todavía menos certezas. Prácticamente solo una: si al CAI Zaragoza -ahora Tecnyconta- se le daba la oportunidad, la iba a cagar. Con los rojillos, apostar a derrota en un partido a vida o muerte era siempre la opción más segura.

Así lo aprendí a lo largo de los años. Granada 2004, Murcia 2005, León 2006 y 2007, el triple de Javi Salgado y el fatídico partido contra Murcia en 2009, Besiktas en Huesca 2014, Gran Canaria por el Playoff en 2015, Estudiantes 2017… Y alguno más que me dejaré, claro. Incluso la única final que ha jugado el club, excluyendo Copas Príncipes, la Supercopa de 2008, se perdió por un punto. En ciclos positivos y negativos, con entrenadores de leyenda -¡eterno José Luis Abós!- o con auténticos mastuerzos, si el club se la jugaba a un partido, adiós muy buenas.

Sin embargo, al mismo tiempo que yo daba tumbos en lo personal y lo profesional, también lo hacía el club. El Basket Zaragoza del presente nada tiene que ver con el del pasado, porque la vida pasa para todos. De los Lakers de la LEB y el puto dinero de Plasencia a la entidad al borde de la quiebra económica del presente mucho ha cambiado, y no solo en la cuenta corriente.

Varias han sido las reencarnaciones vividas a lo largo de estos años en el plano identitario. Resumiendo mucho: club novel, pupas eterno, nuevo rico en ACB, redención desde la LEB, mejor club de baloncesto de España en 2013, entidad abrumada y, finalmente, equipo revelación de la Liga. Multitud de personalidades y momentos vitales diferentes que, muchas veces, nada tienen que ver unos con otros.

Sin embargo, por mucho que el club y yo hayamos podido cambiar en este tiempo, nuestra relación de confianza siempre ha estado dañada. A la hora de la verdad, yo siempre he preferido que no hubiese hora de la verdad. Que, a diferencia de mis días como estudiante de bachillerato de Ciencias de la Salud, los deberes estuviesen hechos antes de septiembre. Hasta ahora.

La temporada 2018/19 es la de la reconciliación definitiva. Muchos son los esquemas mentales rotos este curso por parte del equipo de Porfirio Fisac. La mayoría de ellos, sin una explicación sencilla al respecto. En el baloncesto moderno, todavía se puede ganar sin amenaza de tres. En el contexto económico actual, se puede luchar por jugar el Playoff con el tercer presupuesto más bajo de la categoría.

Al cierre de estas líneas, Manresa ha perdido en su derbi contra Joventut y se perfila como el rival más débil del pelotón que pugna por un sitio en la postemporada. Manresa; el club del infame 58-42. El equipo de la técnica a Jelovac en el más difícil todavía a la hora de perder un partido de baloncesto. Rival en LEB y ACB. Competidor directo por el título simbólico de conjunto sorpresa de la temporada. Manresa, el único de todos los equipos que pugnan por un sitio en la postemporada contra el que el Tecnyconta todavía debe de jugar y, por ello, mi elección predilecta.

Porque este año creo, quizá por primera vez. Desde luego, por primera vez desde 2013. Esta es la temporada en la que, en un partido apretado, no juego a defender. No. Pido la última posesión para dársela Stan Okoye. Actualmente, el equipo depende de sí mismo para lograr el sueño del Playoff y es una noticia sensacional. No porque Manresa no le pueda ganar, que en esta Liga loca cualquier resultado es posible, sino por la confianza que trasmite el grupo de locos irreductibles que ha montado Fisac a su alrededor. Zaragoza nunca se rinde ya no es un lema vacío. No con este Tecnyconta.

Lo que cuenta es el final

El final anticlimático es complicado de digerir y rara vez funciona en el espectador. Por una predisposición natural, las personas están preparadas para una estructura aristotélica de tres actos en la que la presentación y nudo lleven a un desenlace satisfactorio y, en cierta medida, anticipable. Por ello, cuando el guión mata la gran apoteosis final, la sensación es extraña y difícil de digerir. En cierto modo, el espectador siente que se le ha robado la satisfacción final.

El final anticlimático no debe confundirse con el final trágico, pues puede ser feliz aunque generalmente se percibirá como agridulce. Tampoco se debe equivocar con un final mal escrito, aunque en la mayoría de las ocasiones un mal desenlace también rompa el clímax narrativo de la historia. Probablemente, el final anticlimático más famoso en la historia del cine sea el de ‘No es país para viejos’ (Joel & Ethan Coen, 2007). Otro final anticlimático muy famoso también es el del ‘Baloncesto Fuenlabrada – Tecnyconta Zaragoza’ (Porfirio Fisac, 2019).

Había un anuncio que decía que el baloncesto es el deporte de las emociones y era un buen eslogan. Tan ajustada fue la victoria del conjunto rojillo en Andorra como lo fue en el Fernando Martín. Sin embargo, una nos volvió locos de remate y la otra nos dejó con cara de ¿y ya está?

La culpa es del final, pues tan mal se jugó en uno como en otro campo. De hecho, en el sur de Madrid (o norte de Toledo si tienes amigos Dementes) se vio mucho mejor baloncesto. El primer cuarto del Tecnyconta en Fuenlabrada fue apoteósico. Defensa agresiva en las líneas de pase, circulación de balón en ataque, un acierto inhumano en el aro contrario… Nombra tu estilo de baloncesto favorito que éste fue practicado por los de Fisac en aquellos gloriosos primeros diez minutos. Pero, al final, faltó la emoción y, además, por el camino, Tecnyconta llegó a dilapidar una renta de hasta 23 puntos.

Afortunadamente, el conjunto aragonés este año tiene hasta la suerte del campeón. Con el Instant Replay roto, los colegiados anularon un triple sobre la bocina de EJ Rowland que daba el triunfo al conjunto local. Lo hicieron a simple vista y acertaron, cuando lo fácil hubiese sido pitar a favor del anfitrión. Como también lo hubiese sido, por cierto, en Andorra. En pista se quedó un conjunto madrileño con cara de circunstancias, sin saber muy bien qué estaba ocurriendo. Los aragoneses, con buen criterio, desaparecieron de pantalla y, entiendo, asimilaron la victoria en la intimidad del vestuario. No hubo vuelta al ruedo. Okoye no cruzó el campo el campo para gritarle a una cámara. Nadie tiró un cubo gigante de Gatorade por la espalda de Fisac.

Lo bueno del final anticlimático es que, bien ejecutado, crece en el espectador con el tiempo. Planta una semilla que puede tardar en germinar, pero que acaba ofreciendo una recompensa mayor. No se trata de un producto de consumo rápido. En ‘No es país para viejos’, los Coen no sólo dejaron para la memoria visual del cine un personaje icónico como el Anton Chigurh de Javier Bardén, parodiado en Los Simpsons, auténticos capturados del zeiglist cultural de nuestra generación. Al denegar la redención final, al matar al protagonista fuera de plano, al terminar con un monólogo y no con un tiroteo, los Coen retorcían los pilares fundacionales del western clásico y ofrecían al espectador la visión de que aquel mundo, si alguna vez existió, es cosa del pasado. Es la visión nihilista del los hermanos en su máxima expresión. Algo sobre lo que reflexionar.

Del mismo modo que, tras Fuenlabrada, los aficionados rojillos probablemente bajasen de la nube en la que estaban instalados. Al menos incialmente. La felicidad, el playoff, puede depender de algo tan volátil y fuera de nuestro control como que Rowland hubiese soltado el balón una décima de segundo antes. O, aún peor, que los árbitros, sin el apoyo de la técnica, hubiesen optado por tragarse el silbato ante el delirio fuenlabreño. Nada está garantizado, no si alguna vez nos volvemos a creer que un partido está ganado en el segundo cuarto.

Aunque esta vez se ganó.