Porfi se equivoca

Salió Porfi Fisac a rueda de prensa con el rictus serio, en una estampa sincera aunque probablemente meditada. En su cabeza, era momento de contener la euforia. El núcleo de su intervención era irrefutable: se había perdido el partido. Evidentemente, no le faltaba razón. En un deporte que no admite empates, las victorias morales son algo extraño de reclamar. Sin embargo, con el partido de ida en la memoria, no se puede negar tampoco que no hay dos derrotas iguales. Porque aunque el desenlace sea el mismo, esto es una derrota frente al todopoderoso Barça, no se pueden comparar las sensaciones experimentadas tras la masacre del Palau con lo vivido en el Príncipe Felipe. Simplemente, no es lo mismo. Porque, aunque diga Fisac que a él lo que le da de comer es ganar, se equivoca.

En realidad, a él lo que le da de comer es el aficionado. Especialmente el que acude al pabellón. El que compra merch del equipo en la tienda del club o se pide un refresco en la barra del pasillo. El mismo que no dejó su asiento hasta que no terminó el partido, porque no quería perderse ni un segundo de lo que estaba aconteciendo en pista. También el que lo ve por la tele, claro. El que vio a su equipo perder contra el Barcelona en el partido de la jornada y, sin embargo, seguramente esté deseando, en dos semanas, ir al recinto, para ver si su equipo, el que lleva el nombre de Zaragoza, y juega de rojo como la bandera de la ciudad, consigue esta vez la machada de vencer al Valencia.

Porque todos ellos, durante 40 minutos, creyeron que ganar al Barça, al todopoderoso Fútbol Club Barcelona, era posible. Porque todos ellos creen hoy que su equipo puede jugar el Playoff por el título. A pesar del calendario imposible. A pesar de que se trata, probablemente, del cuarto presupuesto más bajo de la categoría. A pesar de las latosas lesiones y molestias físicas de los jugadores. No importa lo que diga la razón, porque hoy todos ellos creen.

Probablemente, también Porfi crea. Y si él no cree, al menos ha hecho creer a los jugadores, que es más importante. Algo ha cambiado en el vestuario rojillo y, desde fuera, lo sensato parece atribuir el mérito al principal responsable del mismo. Esto es, su entrenador. Porque todos vimos a un conjunto salir ya derrotado a jugar en Murcia, contento con haber logrado el objetivo de la temporada con un tercio de la misma por jugarse. Y todos vimos a ese mismo grupo humano, no mucho después, salir con un hambre voraz a intentar ahuyentar al FC Barcelona desde el salto inicial, con un parcial de 10-0 que le dejó claro a Pesic que, si quería el triunfo en Zaragoza, iba a tener que utilizar a su rotación de gala durante 40 minutos.

El gran José Luis Abós hablaba en su momento del derecho a soñar. Un derecho que, por cierto, no era inherente al hombre. No. Había que ganárselo en la pista. Primero probabas tu valía y luego, ya si eso, te permitías intentar lo imposible. Algo que hizo su CAI y que ahora ha hecho el Tecnyconta Zaragoza. Porfi y los suyos, un equipo de veteranos y jóvenes sin miedo a nada. Un auténtico escuadrón suicida, capaz de alinear un juego interior con Pradilla y Marc Martí para intentar frenar a Ante Tomic y que la jugada no salga mal. Gladiadores heridos, que debían turnarse en una bicicleta estática en una esquina del pabellón a fin de evitar el dolor y poder volver a batallar ante colosos que probablemente les tripliquen el sueldo.

Por eso Porfi se equivoca. Porque hay veces que, aunque se pierda, también se gana. Y en su caso, él y su equipo de locos que conquistan imposibles se han ganado a la marea roja para siempre. No importa lo que diga el resultado final.

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