La delgada línea roja

Texto publicado en El ‘traspiés’, columna de periodicidad semanal para AragónSport.com

 

No fueron los ocho días de oro, aunque sí una semana fantástica. Cuando el calendario marcaba su primer punto de inflexión, el CAI Zaragoza se resguardó al calor del Príncipe Felipe para encadenar dos victorias consecutivas que le mantienen en primera línea de los dos frentes abiertos a estas alturas de competición; avanzar de ronda en Eurocup y disputar la Copa del Rey por segundo año consecutivo. Objetivos que, en caso de no haber vencido a Telekom Bonn, el miércoles, y Fuenlabrada, este sábado, se hubiesen retorcido de manera indescifrable. Afortunadamente, no es el caso.

 

Desde su propia concepción, el baloncesto es un juego totalmente polarizado. El vocablo empate no consta en su diccionario por lo que solo se puede ganar o perder. Dos resultados diametralmente opuestos que, sin embargo, en muchas ocasiones son separados por una delgada línea roja. A este pequeño espectro, situado entre la gloria y la miseria, también se le podría llamar Pedro Llompart. Más que nada, porque del estado de forma del armador balear parece depender el desenlace final de un partido que haya trascurrido igualado en términos globales. Mario Fernández, ex del CAI Zaragoza, lo dijo así en Twitter: “Hola, me llamo Pedro Llompart y soy la mejor inversión que pueda hacer en la posición de base. Oficio y solvencia, conceptos asegurados”. No era para menos pues su colega de posición acababa de finalizar el choque ante el ‘Fuenla’ con unos asombrosos, y decisivos, 27 puntos de valoración. El baloncesto es un deporte de cinco contra cinco en el que siempre gana el equipo en el que está Llompart, si este se hace notar.

 

La coletilla puede parecer gratuita, pero no lo es. El ‘uno’, que había renovado por la escuadra aragonesa este verano, hizo las veces de repetidor y, durante el comienzo del curso, se ausentó de clase más de lo debido. El equipo lo notó. Mucho. Quizá por un tema físico aparejado a su edad de jugador veterano, el mallorquín ha tenido un arranque propio de un motor diesel sin turbo. Progresivo pero lento. Aunque, a estas alturas de la competición, ya no hay dudas de que ha llegado a la misma velocidad que el más avanzado de sus compañeros. Tan difícil como tomar siempre la decisión correcta. Tan complicado como asumir el balón cuando éste parece haberse convertido en una masa de lava candente.

 

No son resultados definitivos, pero las dos victorias conseguidas durante la semana del puente sirven para afianzar a un proyecto que comenzó generando algunas dudas. Inconsistencia dentro del partido, pérdidas de balón inexplicables, despistes graves en la transición defensiva, fragilidad en los finales apretados… Fantasmas ya pasto de la mochila de protones de Bill Murray. Sin lograr todavía la brillantez técnica del curso pasado, el CAI ha conseguido dar el paso adelante para ganar por convicción. Con un baloncesto emocional, casi visceral, que implica a la grada y demanda el triunfo por encima del resto de argumentos. Lo demás, ya llegará. Hasta entonces, lo importante es que la delgada línea roja siga siendo, eso, rojilla.

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