El calcetín impar

Es matemático, hacer la colada y descontar un calcetín en el proceso. Siempre es la misma historia; ir a tender, sacar la ropa mojada del cubo y a la hora de colocarla sobre las cuerdas observar que el número de calcetines es impar. Me gusta pensar que se trata del peaje que pide la lavadora por dejar todas nuestras prendas limpias y listas para volver a ser utilizadas. Un fenómeno empírico y universal del que debería ocuparse la ciencia. La consecuencia más directa de dicho misterio se concentra, por supuesto, en el armario. Concretamente, en el cajón de la ropa interior. Lugar en el que los desparejados se juntan entre sí para dar pie a un nuevo par que, a partir de cierta edad, solo puede ser utilizado con pantalón largo. Eso si no posees la rara aspiración de convertirte en una versión adulta -y masculina en mi caso- de ‘Punky Brewster’, claro.

Seguramente exista gente que, cuando un calcetín pierde a su gemelo, opte por no utilizarlo más. Que lo arrincone en una esquina del cajón a la espera de un retorno que nunca se producirá o, directamente, lo arroje a la basura. Diferentes opciones a tomar cuando el plan previsto, en este supuesto tener dos calcetines totalmente idénticos dentro del vestuario habitual, sufre una variación inesperada. ¿A qué viene todo este rollo macabeo, digno del monólogo más chusco del ‘Club de la comedia’? Sencillamente, a que el CAI Zaragoza no funciona como debiese y que, en un barrido entre sus afecciones, que son varias, la falta de acople de Viktor Sanikizde en el juego coral resulta una de las más evidentes. Actualmente, el ala-pívot georgiano es un calcetín impar en el cesto de la ropa del club rojillo. Un calcetín caro, de los que se lucen con pantalón corto y zapatillas del ‘Foot Locker’. Un calcetín, eso sí, de naturaleza extravagante, capaz de desordenar por sí solo todo un atuendo completo si no se combina con las prendas adecuadas.

No es ningún secreto que el CAI Zaragoza, en general, presenta un déficit importante de acople entre sus piezas. Lo que el año pasado era un bloque sólido, que arrollaba a sus rivales gracias a su concepción colectiva del juego, este año todavía no ha logrado carburar como conjunto. El propio José Luis Abós, incluso, coincide en el diagnóstico. “Tenemos un problema de descoordinación en ataque y defensa”, analizó el técnico zaragoza. Los motivos son de sobra conocidos; la ausencia de una pretemporada como tal, la disminución de entrenamientos semanales derivada de la disputa de la Eurocup o la adquisición de un nuevo base al que le cuesta ordenar a sus compañeros en pista, parecen lastrar en demasía el rendimiento de un conjunto que este domingo firmó su tercera derrota consecutiva. Señales preocupantes aunque no irreparables, ojo.

Sin embargo, Sanikidze resalta en esa falta de conexión general. Sobre la pista, el ‘cuatro’ parece estar totalmente desenchufado del resto del equipo. Quizá debido a su particular idiosincrasia, la cual le dibuja como un ala-pívot heterodoxo, muy alejado de la sobriedad sin estridencias abanderada por Pablo Aguilar las últimas campañas. Planteamiento en el que sí parecía cuadrar la apuesta inicial del club, Daniel Clark. El georgiano es un hombre alto que inicia los contraataques y, en ocasiones, asume tiros que sobre la pizarra no parecían destinados para él. Es el diferente. El raro. Barba poblada y coronilla despejada. Un ‘outsider’ necesitado de un orden sobre el que sobresalir. Un calcetín desparejado en un armario desordenado.

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