Berlín

Berlín, para mi, es el escenario de mis últimas vacaciones de verano. Cuatro días sin tregua ni descanso tras los cuales solo existe una única conclusión: se trata de una ciudad imposible de abarcar. Sea cual sea el prisma a través del que se pretenda observar, la capital germana desborda las expectativas y deja en unos insuficientes 3:4 lo que pretendía ser una vista en 16:9. Incluso cuando la intención es tan humilde como pueda ser visitar lo más típico del lugar. Porque la gracia de Berlín reside en el deseo que genera por profundizar. En sus calles existe fondo y contenido, otearla desde la superficie desde luego no casa con su carácter.

Especialmente, porque desde el punto de vista estético no se trata de una ciudad bonita o acogedora. Totalmente arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, conserva algunos monumentos que, en contexto europeo, no resultan la repanocha y, aunque particularmente la arquitectura sovietica me trasmite un cierto encanto complicado de explicar, hay que reconocer que barriadas repletas de edificios cuadriculados no es lo que se puede calificar como una oda a la belleza.

Siendo una de mis grandes asignaturas pendientes, preparé el viaje con la dedicación que mi por entonces apretada agenda me dejó. Así, en los días previos a tomar el infame Ryanair que me transportó junto a mi amigo Jorge desde Reus hasta Bremen, releí el pasaje de ‘Fútbol contra el enemigo’ dedicado al balompié berlinés durante la época del muro, vi la extremadamente dura ‘Yo Cristina F.’, que aborda el problema de la drogadicción que golpeó la ciudad en los años 80, y me perdí en Internet en busca de reportajes y documentales sobre Tacheles, ya cerrada y de la que apenas pude ver la fachada. Lo del techno lo dejé por imposible, soy incapaz de encontrarle sentido alguno a semejante música.

A pesar de todo, no estaba preparado ni de lejos para lo que se me venía encima. Mi total desconocimiento del alemán, y por consiguiente incapacidad de memorizar cualquier tipo de nombre propio, complicó el asunto. Afortunadamente, la guía de mi amigo Antonio, residente en Braunschweig y que se unió a la expedición tras previo paso por su casa, y un más que recomendable Free Tour en castellano que partía desde la puerta de Brandenburgo, que en algo más de cuatro horas repasó los acontecimientos históricos más relevantes de la ciudad, salvaron la situación.

Junto a mis amigos, en Berlín visité el estadio olímpico, dónde actualmente juega el Hertha, en el que años antes Jesse Owens se atrevió a desafiar al mismísimo Hitler. Presencié un concierto acústico de una banda que no recuerdo en el único museo de los Ramones que existe fuera de Estados Unidos. Anduve durante horas por Kreuzberg en busca de un schnitzel a cinco euros, y cuando lo encontré me comí una hamburguesa de pollo crujiente. Vi una de las escenas más surrealistas de mi vida cuando, tras una extensa escolta policial, apareció un camión con la música electrónica más machacona que se pueda imaginar a todo volumen y, tras de él, una corte de punkis bailando desaforados. Intenté seguir aquel absurdo peregrinaje, pero desistí por clemencia con mis tímpanos. Pasé por la puerta del imponente O2, y le hice una foto, sin imaginar siquiera que algún día el CAI Zaragoza disputaría un partido oficial en él.

Tengo que volver a Berlín.

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